Procelosos negocios

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Las grandes urbes exigen participación activa en “el proceloso negocio de los autobuses y trenes”, en expresión de Pla en Viaje en autobús. Lo que durante muchos años he percibido como agradable espacio social y, al mismo tiempo, de feliz aislamiento —en tanto que propicia, si no hay compañero de viaje ni afable ocupante del asiento del al lado, la mera contemplación del paisaje durante horas, o bien una amplia gama de actividades solitarias—, me está resultando últimamente un territorio hostil a causa de la falta de conciencia por parte de otros de que, ante todo, es un lugar en movimiento compartido.

En el AVE de regreso de Barcelona, sufrí desde Lleida a un tipo que mantenía conversaciones con total comodidad para él, en un tono de voz que se adecuaba a la la hipotética sordera de su interlocutor y gracias al cual el vagón entero pudimos conocer que trabaja como transportista. Hoy afrontaba una mudanza Madrid-Jaén. Cuando no hablaba, escuchaba música en unos cascos, cuyo elevado volumen nos permitía a los viajeros de alrededor escuchar el ruido de sus canciones reguetoneras.  Quizá el sordo sea él. A todo lo anterior hay que sumarle, para completar su retrato, los dos gin-tonics que disfrutó durante el trayecto.

En uno de mis recientes viajes regionales en bus, dirección PM, coincidí con dos padres y su hijo pequeño. La madre se sentó junto al niño, detrás de mí, y el padre se colocó en el asiento contiguo, pasillo mediante. Cuando estaba a punto de arrancar, el hombre vino hacia mí y, sin decir palabra, corrió la cortina. Volvió a su asiento y le pregunté, con cierta sorna, pues aquel día llovía: “¿te da el sol de frente?”. “Es que el crío se marea”. “Ah”. ¿No podía haberme preguntado antes si me importaba ese gesto, que claramente invadía mi espacio, pero también el del compañero de la izquierda? ¿Por qué no se sentó él ahí antes? Me sentó fatal: primero, porque me entretiene mirar por la ventana; segundo, porque el chaval se durmió a los veinte minutos.

Y en los trayectos en cercanías observo cómo cada vez es más frecuente que la gente hable por teléfono sin importar que haya otras personas que intenten aprovechar el desplazamiento para llevar a cabo alguna tarea que demande cierta concentración. Por no hablar de quienes estiran sus piernas y colocan sus zapatos en los asientos libres sin respetar que quizá en la próxima estación habrá quien se siente allí.

Los billetes para viajar se encarecen al paso que el viaje en transporte público se convierte en un trámite que uno, en lugar de disfrutar, desea dejar atrás cuanto antes.

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