“An act of defiance”

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“Quiero que mi hijo sea libre”, le dice Esti (Rachel McAdams) a su marido en la película Disobedience, para suplicarle su libertad –solo él, en virtud de su contrato matrimonial, tiene la potestad de concedérsela-. Ese momento resume la historia opresiva que ha vivido el personaje, judía ortodoxa que se crió en un sistema religioso que coarta su voluntad. Ella es lesbiana, está enamorada de una amiga de la infancia y, por orden del rabino, se casó con un hombre por el que no siente nada. Al contrario que la amiga, Ronit (Rachel Weisz), no tuvo valor suficiente para abandonar a la comunidad y marcharse lejos del pueblo inglés donde residen. Ronit huyó a Nueva York. Desobediencia interior la de la primera, pues ninguna religión o gobierno, por totalitario que sea, es capaz controlar los sentimientos, y exterior la de la segunda: rechazo frontal de los usos y costumbres de la comunidad judía y cambio de vida radical. El nonato puede tener la oportunidad de vivir en libertad, pero las cadenas que se establecen en comunidades de esa índole son demasiado rígidas. El final es ambiguo; por mi parte, soy pesimista, puesto que esas religiones herméticas no funcionan únicamente como marcos de Fe, sino que autosubsisten gracias a la ayuda mutua que se proporcionan entre ellos y a la estructura política, laboral y emocional que, desde siglos, mantienen.

 

 

Marineros

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Leo en esta antología de Rafael Sánchez Ferlosio: “la purga de Benito”. He escuchado muchas veces la variante, mucho más elocuente y divertida, “ni la pulga [de] Benito”. Algo parecido ocurrió con el verso “Mira Nero de Tarpeya”, cuyo uso se confundió con “Marinero de Tarpiella”. El tiempo trata con benevolencia a las expresiones: de una purga a un relato hagiográfico del despreciado colectivo de las pulgas; de un emperador romano cruel a un anónimo surcador de los mares.

Sobre lo último, ayer vi a un chiquillo vestido de marinero que se dirigía, acompañado de un séquito de familiares y amigos, a una parroquia para tomar su primera comunión. Visto desde lejos, el grupo se confundía con una manifestación. No comprendo por qué los niños que reciben este sacramento se visten de marineros, menos aún si nos paramos a considerar que en el centro peninsular no hay tradición de ese oficio -por razones obvias-. Consulto la sección de trajes de comunión de niño de El Corte Inglés y me encuentro con un campo de rangos militares: cabo, alférez, galón, teniente, infante, cadete, grumete… Me sorprende la propensión por el ámbito militar en una ceremonia que se supone cándida.

Arendt

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“Las promesas representan el modo exclusivamente humano de ordenar el futuro haciéndolo predecible y digno de confianza, en la medida en que tal cosa es humanamente posible”. Hannah Arendt en “Desobediencia civil” (1972), Ensayos políticos. Madrid: Página Indómita, p. 232. Pero ¿se siguen haciendo promesas?

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Esta tarde he visto a un tipo hablarle a dos cubos de basura -el amarillo y el gris-. No me ha sido posible distinguir su mensaje, pues hablaba en árabe o algo que se le parecía. Su gesticulación invitaba a pensar que le pedía explicaciones al amarillo.