Wabi-sabi

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© The Tangerine Fox

Esta mañana la bedel se ha quedado mirando, sin ningún disimulo, a mi falda. “¿Pasa algo?” le pregunto afablemente. “Nada, que te miraba la falda, creía que estaba rota”. Se trata de una falda vaquera gris, un poco deshilachada en los bordes finales a merced de los dictámenes actuales de la moda. Por fortuna, después me ha dicho que iba guapa –hay días en las que me la encuentro y me dice “la semana pasada llevabas una camisa que te quedaba muy bien; ese color te favorece”-. Me cae bien esa mujer, aunque me haga sentirme observada, pero se trata de una atención, por su parte, que ejerce de interlocución de la coquetería diaria. Se agradece.

Dejando a un lado las vanidades, la aparente rotura de algunas prendas está relacionada con el wabi-sabi. Un día, JC-M, su mujer y yo fuimos a un restaurante en el que nos sirvieron la comida en una vajilla muy mona, con bordes irregulares y colores degradados. Nos contó que esa moda proviene del wabi-sabi, una filosofía japonesa que identifica la belleza en la imperfección. Como él diría, está bien.

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[spoiler]

Ayer estuvimos cinco personas en una sala pequeñísima viendo Playground. Película en la que dos niños canalizan la represión sufrida en el seno familiar a través de actos vandálicos y crueles. Es un film desagradable, pero me gusta mucho el de Michael Haneke y este es del estilo. En la parte final, un hombre salió corriendo de la sala ante una sucesión de escenas bastante desagradables. Su novio lo siguió a los pocos minutos, también corriendo, lo cual aportó cierto dramatismo a la cuarta pared. A mí me entraron ganas de vomitar, pero enseguida la película terminó y pude incorporarme y salir de la sala dignamente. En el camino a la salida, un chico le decía a otro: “No es para tanto”. ¿No es para tanto? ¿Que dos niños de 10 años le rompan la crisma de una pedrada seca a otro de tres no es para tanto? Por favor. ¿Qué verá esa persona en su casa?

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Según la previsión meteorológica, el sábado va a llover durante todo el día. Vaya. “Yo voy a ir aunque caigan chozos de punta. Es un día importante para ti”, me dice X. ¡No dramaticemos! No sé qué va a pasar, no tengo ninguna expectativa y a tenor del porcentaje de lluvia pronosticado no sé si acaso podré firmar. Lo lamento mucho, pues me hacía, me hace, cierta ilusión. Whatever.

“An act of defiance”

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“Quiero que mi hijo sea libre”, le dice Esti (Rachel McAdams) a su marido en la película Disobedience, para suplicarle su libertad –solo él, en virtud de su contrato matrimonial, tiene la potestad de concedérsela-. Ese momento resume la historia opresiva que ha vivido el personaje, judía ortodoxa que se crió en un sistema religioso que coarta su voluntad. Ella es lesbiana, está enamorada de una amiga de la infancia y, por orden del rabino, se casó con un hombre por el que no siente nada. Al contrario que la amiga, Ronit (Rachel Weisz), no tuvo valor suficiente para abandonar a la comunidad y marcharse lejos del pueblo inglés donde residen. Ronit huyó a Nueva York. Desobediencia interior la de la primera, pues ninguna religión o gobierno, por totalitario que sea, es capaz controlar los sentimientos, y exterior la de la segunda: rechazo frontal de los usos y costumbres de la comunidad judía y cambio de vida radical. El nonato puede tener la oportunidad de vivir en libertad, pero las cadenas que se establecen en comunidades de esa índole son demasiado rígidas. El final es ambiguo; por mi parte, soy pesimista, puesto que esas religiones herméticas no funcionan únicamente como marcos de Fe, sino que autosubsisten gracias a la ayuda mutua que se proporcionan entre ellos y a la estructura política, laboral y emocional que, desde siglos, mantienen.

 

 

Marineros

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Leo en esta antología de Rafael Sánchez Ferlosio: “la purga de Benito”. He escuchado muchas veces la variante, mucho más elocuente y divertida, “ni la pulga [de] Benito”. Algo parecido ocurrió con el verso “Mira Nero de Tarpeya”, cuyo uso se confundió con “Marinero de Tarpiella”. El tiempo trata con benevolencia a las expresiones: de una purga a un relato hagiográfico del despreciado colectivo de las pulgas; de un emperador romano cruel a un anónimo surcador de los mares.

Sobre lo último, ayer vi a un chiquillo vestido de marinero que se dirigía, acompañado de un séquito de familiares y amigos, a una parroquia para tomar su primera comunión. Visto desde lejos, el grupo se confundía con una manifestación. No comprendo por qué los niños que reciben este sacramento se visten de marineros, menos aún si nos paramos a considerar que en el centro peninsular no hay tradición de ese oficio -por razones obvias-. Consulto la sección de trajes de comunión de niño de El Corte Inglés y me encuentro con un campo de rangos militares: cabo, alférez, galón, teniente, infante, cadete, grumete… Me sorprende la propensión por el ámbito militar en una ceremonia que se supone cándida.

A veces ocurre

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“Es un hecho evidente que el progreso viene de las ciudades, no del mundo rural”. Esta frase tajante, de jaez despectivo y algo humillante –si el interlocutor no tiene pedigrí capitalino-, me la dijo una persona con la que estuve saliendo un tiempo hace meses, mientras nos estábamos tomando unas sardinas ahumadas en una de las tabernas de los alrededores del Renoir. No niego que semejante afirmación no tenga parte de verdad, y soy consciente de las carencias de las comunidades autónomas, en muchos sentidos. Ya he criticado alguna vez en el almanaque la distribución administrativa por autonomías, ordenación que ha sufrido particularmente Castilla-La Mancha, con Bono and Company, al que le sucedió Barreda y Cía, y ahora una persona más pendiente de la corte de Ferraz que de las Cortes de Toledo. Esa frase, decía, absolutiza un binomio (lo provinciano frente a lo cosmopolita) en el que uno de los términos escamotea al otro. Es un hecho evidente que lo unívoco empobrece la reflexión y arrasa con los matices. Y que ese tipo de comentarios en demasiadas ocasiones proviene de personas sin ningún interés centrífugo hacia la situación de los municipios de menos de 50.000 habitantes, lo cual pone de manifiesto una visión unilateral carente de empatía y, por supuesto, de cualquier amago por aportar alguna solución –y quizá de que se solucione-.

Es otra certeza que nadie elige dónde nace. Se trata de uno de los fenómenos fruto del azar o de la religión que se profese que se escapan a nuestro poder, y por ende de nuestra responsabilidad. Pero los vínculos afectivos, seres queridos viviendo en esas tierras y un papel llamado certificado de nacimiento son elementos suficientes para arrogarse el derecho a responder. Lo hice aquel día y, desde entonces, no nos hemos vuelto a ver –no solo por esa frase-.

A pesar de todo, a veces ocurre algo mágico. Hay otras frases que percuten en los hilos de nuestra memoria sentimental y que nos recuerdan que no todo es negativo. Alguien te dice que se ha interesado por un autor manchego, que ha comido un plato tradicional y le ha gustado, o que ha visitado un paraje y le ha complacido. Me sorprendo a mí misma halagada. No porque comparta el entusiasmo por la receta tradicional en cuestión, sino porque siento que ese interlocutor te trata con horizontalidad y no desprecia lo que para ti tiene cierta relevancia, aunque, como ya he dicho en el almanaque, se trate más de una geografía sentimental. Esa persona se vuelve amiga.

Martes

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Esta tarde he ido a la oficina de Hacienda de María de Molina para la cita anual con la Renta. En el dossier que una simpática funcionaria me ha imprimido, figura un gráfico en el que se indica a qué se destina cada euro recaudado por el conjunto de las Administraciones Públicas. ¡Educación! ¡Sanidad! ¡Orden público y Seguridad! ¡Intereses! -¿Intereses?-. Me he emocionado: cualquier persona que se dedique a los estudios humanísticos sabe que pagar impuestos es lo único de su trabajo que contribuye directamente al porvenir económico del país.

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El momento en que la luz cambia y suena un trueno: el anuncio de la tormenta. Me he asomado a la ventana mientras las gotas comenzaban a caer. Y la gente ha acelerado su paso, corría, se mojaba. Los previsores, con paraguas; la mayoría, sin él. Larkin: “Entre la lluvia y los edificios / encuentro tan solo una antigua tristeza derramándose, / rostros llenos de prisa y de problemas”. Últimamente hablo mucho del tiempo. Este almanaque se va a terminar pareciendo al Calendario Zaragozano.

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El único -a mi juicio- partido político que se estaba consolidando como la alternativa menos mala, organizó el domingo un acto con una serie de charlas motivadoras -de, como se dice ahora, coaching-, con Marta Sánchez y Arévalo como invitados estrella. Las intervenciones estaban inspiradas en la estética de la organización “TED: Ideas worth spreading”, es decir, micrófono de en la mejilla, look arreglado pero informal, manos moviéndose y un discurso bien ensayado que apele, principalmente, a la emoción.  Una de ellas corrió a cargo de un científico que dijo que se podía haber ido a trabajar a países como EE.UU., pero que está en España porque “ama a España”. Y todos, pero ocurre que amar a España no es un argumento suficiente para quedarse aquí a investigar y que el margen es cada vez más ínfimo para escoger un centro receptor. En lugar del discurso autocomplaciente, muchos hubiéramos agradecido propuestas para revertir esta situación. Por otro lado, lamento que impulsar un nacionalismo español se considere la solución principal para combatir al nacionalismo catalán, al fin y al cabo se estaría haciendo frente a algo con lo mismo pero a mayor escala. En lugar de entonar un himno –no comments– podían haber comentado unos pasajes de La España invertebrada de Ortega y Gasset. Quizá fuera más útil, pero menos fotogénico.

Lunes

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El día ha empezado regular pero ha terminado muy bien. Serrat cantó “hoy puede ser un gran día”, pero no especificó a partir de qué hora. Maravilloso acto en el Thyssen. Cuando compartes un día especial con alguien a quien admiras, lo ves feliz y sale fenomenal, la sensación es de júbilo. He coincidido con X, una persona a la que hasta hace unos años tenía en muy alta estima –ahora pienso que quizá demasiada, por suerte con el tiempo me he sacudido la cualidad de impresionable-. Lo suyo ha sido decepcionante y, visto su comportamiento con cierta perspectiva, me sorprende que me sorprenda. Al terminar, me he dado un paseo por la Gran Vía, aunque la tormenta era inminente. Y me ha pillado un buen chaparrón, justo a unos pasos del metro. He corrido, cruzando una larga limusina rosa, en cuyo interior había unas adolescentes que se asomaban gritando por la ventana -para que las vieran, naturalmente-. Pero no me ha importado mojarme. Hoy, la primera tarde del mundo.

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Se aprende a montar en bicicleta cuando tiene lugar un hecho fortuito: se alcanza, después de muchos tanteos y sin ninguna premeditación, el equilibrio en el pedaleo. Ocurre lo mismo cuando te gusta alguien. Intentas separarte de la persona y olvidarla, pero solo la mañana que menos te lo esperas amaneces sin ningún atisbo –por fin- de interés ni amoroso ni hedonista. Esa persona se vuelve real y cotidiana.

Palomas

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La temperatura agradable, pese a la intermitente amenaza de lluvia, permite por fin descansar en los bancos durante un rato. Me he sentado en uno situado enfrente de una fuente, dentro de un parque municipal, de manera que he podido disfrutar del sonido del agua mientras observaba el paisaje humano. A las seis de la tarde, el parque está notablemente concurrido. Parejas con carros de bebé, niños pequeños, solteros paseando a sus perros, etc. Y las palomas, pieza fundamental de este tipo de espacios comunes. Había un par que correteaba con especial vehemencia. El macho, con las plumas del cuello hinchadas y emitiendo un arrullo, perseguía a la hembra. Pero el cortejo no se ha consumado y la paloma ha batido sus alas, para desaparecer entre la espesura de la copa de un árbol.