Coronel John

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El lunes recibí un mensaje muy extraño, cuyo remitente se hacía llamar Hannibal Smith —personaje del equipo A—. No ponía nada negativo, al contrario, pero la aparente cercanía y el hecho de que indicara que le habían rebotado un correo para mí, cuando no había ninguno en el e-mail, me hizo desconfiar. Se lo enseñé a M., que me puso en alerta; y a C.C., que en un alarde detectivesco sugirió cómo averiguar la identidad —creo que le inspiró haberle comentado que me he comprado una gabardina, así que nos metimos en el papel de inspectores—. Ayer me volvió a escribir el coronel John para quitarse su máscara: se trata de un librero de Pamplona, E., un tipo muy agradable. Ahora me río mientras escribo esto, pero el correo me causó cierta inquietud aquel lunes. En fin, me encanta que los planes salgan bien. (Y cuánto tiempo podemos llegar a emplear en preocuparnos por elucubraciones, por cierto).

Esta mañana, docencia, con el consiguiente desplazamiento a la Alcarria. Retraso en el tren de cercanías. Mientras llega, espero sentada en un banco; detrás de mí, un hombre encapuchado y en deportivas movía la pierna, nervioso. Se ha sentado a su lado un chico, de cuyo jersey colgaba una tarjeta identificativa. No he podido distinguir a qué organización pertenece. Le ha preguntado al hombre “¿qué tal se encuentra?”, como si lo conociera de toda la vida, y le ha respondido con igual familiaridad. Se ha interesado por su trabajo y por su familia; el hombre le ha confesado que la situación está muy difícil para él, y el chico le ha animado a asistir a uno de sus encuentros. La vulnerabilidad como río donde lanzar el anzuelo. Cuando el joven apuntaba los datos de contacto, se ha sentado una mujer a mi derecha. Le escribía a un tal Luis “Cari, este finde me quedo en Madrid”. “No te preocupes, amor”. Casi simultáneamente ha recibido otro de Alfonso: “Tengo unas ganas enormes de empotrarte contra la lavadora”. ¡Contra la lavadora! Qué gracia. Ella: “Ya le he dicho a mi marido que este finde me quedo”. Otros que quieren que sus planes salgan bien. Lo siento mucho por Luis.

 

 

Espiritualidad

Me cuenta JC-M que ayuda mucho a la espiritualidad imaginar tu cadáver o contemplar uno parecido. Y le digo —y os cuento— que me ocurrió algo parecido hace algunos años, cuando fui al cementerio donde está enterrada una bisabuela, que yo naturalmente no conocí, y que se llamaba Sofía. Ver mi nombre en una lápida me causó una honda impresión. Y a continuación me recita un poema suyo inédito que no puedo reproducir aquí.

C.: “¡Llevas mucho tiempo sin actualizar el almanaque!”. Dos días, únicamente. Hay ocasiones en las que a uno le sale escribir solo en la intimidad del papel, como si el cuaderno ejerciera de confesionario, y nada más.

Busquemos nuestro sol interior

un sol interior

— ¿Adónde vamos?

— ¿Te refieres a qué habitación?

Un sol interior, Claire Denis

¿Puede plasmarse mejor el sentido de un affaire insustancial?

De esta película me encanta hasta el título. Se trata de El Eclipse del siglo XXI. Antonioni estaría orgulloso de esta obra. La incomunicación y la frustración como pilares líquidos de las relaciones sentimentales contemporáneas, pero la esperanza y el afán por encontrar eso que algunos llaman amor. Aparición estelar del inefable Gérard Depardieu interpretando a un vidente. “Encuentra tu sol interior”, le dice a la protagonista. “Ten una actitud open”. Qué rato tan agradable, qué sensación de conexión plena, qué sucesión de historias —los encuentros y desencuentros de la mujer— sobre las que es imposible no proyectar las propias.  Gracias a experiencias como esta solo queda levantar la copa y gritar ¡¡qué grande es el cine!!

 

Semáforos

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Las normas de circulación enseñan —y obligan— a no cruzar los pasos de peatones cuando el semáforo está en rojo. Es frecuente encontrarse con caras de estupor en los niños que, al ver que hay quienes incumplen esa precaución —no solo por el buen tránsito de los coches y viandantes, sino por evitar accidentes y salvar vidas—. Algunos padres se esfuerzan en darles breves explicaciones, muchas veces balbuceantes. “¿Y qué pasa si cruzas en rojo?” —escuché un día preguntar a una niña, quizá esperando que existiera un castigo propio del Antiguo Testamento—. “Que te sale una herida y te empieza a salir sangre” —contestó su madre. Conforme el niño se hace adulto se da cuenta de que las normas se incumplen y de que algunos no solo no respetan los semáforos sino que son capaces de cruzar una carretera con tráfico. Pero ¿llegan antes a su destino? Y, si lo hacen ¿es más importante llegar antes o llegar?

Naranjita

Mi prima Carlota (13 años) ha escrito para el colegio un relato y me lo acaba de enviar. Lo ha titulado “Amor inolvidable” y trata de un chico y una chica que comienzan a colaborar juntos en una revista y, a raíz de eso, se enamoran. Deciden pasar un fin de semana en Extremadura pero, de camino, el chico tiene un accidente y muere. La chica no puede superarlo y “decide acompañarlo”. No entiendo cómo la profesora le ha puesto un 7 y encima ha añadido “muy trágico”. ¡Es un relato estupendo! Me he reído muchísimo, además.  Y lo ha firmado con un seudónimo: “Naranjita”.

Horas

Esta mañana he recibido un correo de un supermercado al que nunca voy pero del tengo la tarjeta –no sé dónde–, de modo que se supone que pertenezco a su “club” y por ese motivo me llegan sus mensajes al correo. Están promocionando el comercio en línea y, para ello, han enviado un dossier muy bonito e ilustrado, que parece un cómic, en el que se pone de relieve la cantidad de tiempo que los clientes se ahorran no yendo al supermercado. El fin, obviamente, no es disuadir de hacer la compra en sus tiendas, sino potenciar esta nueva “experiencia de compra”, como algunos la llaman, supongo que a tenor de la buena acogida del servicio de comida a domicilio.

Cifran en 40 minutos el tiempo total de la compra. Con los resultados de 2017, han hecho la cuenta y les sale que han regalado a los clientes 260.000 horas, tiempo “para poder leer “49.900 libros”. La lógica es la de presentar el beneficio de la delegación de tareas con el fin de obtener tiempo, ese bien que no se puede recuperar. Vale. Cabría preguntarse, empero, en qué se emplean esas horas. ¿En explotarnos más a nosotros mismos? ¿Acaso dar un paseo, ir a comprar, tomarse un helado, etc. no son actividades que forman parte de nuestra condición humana y que nos diferencian de las máquinas, programadas para producir de continuo? ¿Y qué sentido tiene encargar que te traigan algo cuando en las grandes ciudades hay tiendas –la gama es amplísima– a pasos de tu casa? El tiempo que tardas en pedirlo por ordenador es probablemente el que podrías emplear en bajar hasta allí.

Hemos llegado a un punto en el que un supermercado esgrime razones para no ir a sus franquicias.

Dolor

Vuelven los problemas de salud, bueno, el problema de salud. Se titula Condromalacia rotuliana. Apenas dormí anoche, y me desvelé sin solución a las cinco de la mañana, a esa hora en la que poco se puede hacer, salvo dar rienda suelta a los pensamientos —generalmente, no sé por qué, solo acuden los negativos, y la noche se convierte en una proyección de pesadillas en la imaginación—. Llevaba unos meses sin aparecer. Lo hace cuando practico más horas de deporte de las habituales, cuando estoy muy estresada, cuando duermo poco y otras veces pasa directamente sin llamar. “He amado la oscuridad y me he acostado con ella”, dice un verso de Mestre. Yo odio al dolor y me acuesto con él.