Reacciones

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La carta de la cafetería de la Facultad no es muy variada. Cada martes y jueves, hasta principios de mayo, alterno la baguette vegetal con el sándwich vegetal. Cuando no tengo mucha hambre, me tomo una pulga vegetal. Hoy por lo menos me ha acompañado X. El tema de conversación, sentencia de La Manada. Me ha contado que, en un tren-hotel a Galicia, coincidió en el compartimento con un hombre muy afable. El ferrocarril sufrió un retraso, acerca del cual se quejaba mucho el compañero. “A mí no me importa llegar un poco después”, dijo X. “Pues yo tengo que llegar a la hora exacta, porque es mi primer permiso y, como llegue tarde…”. El hombre cumplía condena porque había atropellado al violador de su mujer —pasó el coche por encima de su cuerpo 50 veces—. Las imprevisibles reacciones del ser humano. La sed de venganza, el dolor como mecha para actos inciviles. Nauseabundos, por cierto, los fragmentos de la sentencia que se han difundido.

Y al salir de clase me he cruzado con un grupo de ancianas. Una de ellas, como gesto de consolación, ponía la mano sobre la espalda de otra, que destacaba entre las demás porque vestía completamente de negro, pero no de ese negro que uno escoge porque le gusta o porque considera que es el color idóneo para la ocasión, sino por el luto. Se trata de una costumbre aún vigente en los entornos rurales. Me parece exagerada porque anula la voluntad de las viudas —son las mujeres las que sufren esta imposición social; los hombres viudos se limitaban a llevar un brazalete negro y no se percibía como extraño que contrajeran segundas nupcias—. Mujeres que, con una media de 60 años, debían reemplazar su armario para el resto de sus vidas, sin más colores que el negro, con el fin de guardar luto por sus maridos. No solo se daba por hecho que no iban a interesarse por ningún otro hombre —por una mujer era impensable—, sino que debían limitar su tiempo de ocio a la Eucaristía, quedando encerradas en sus casas como novicias y amplificando la fase de duelo hasta límites patológicos ya que ante semejantes privaciones no solo resulta imposible su superación, sino que sus estados anímicos se precipitan hacia la depresión. Pongo también mi mano sobre esa mujer, para consolarla y para animarla a que se arranque las cadenas de las imposiciones arcaicas y caducas.

De vuelta en el cercanías, sorprendente cantidad de adolescentes portando bolsas de plástico con bebidas y vasos de tubo. Algunos, incluso, bebiendo sus propios cubatas preparados en el vagón. Lo que más me ha sorprendido ha sido una muchacha sujetando una botella de cinco litros, cuya transparencia dejaba ver un líquido amarillo –no parecía orín– en lugar del agua que originalmente contendría. Ocurre que hoy se celebra San Cemento (macrobotellón), motivo por el cual solo han acudido a clase cuatro alumnos. Pero la he impartido con absoluta normalidad, pues se trata de un oficio, al que, como los buenos toreros, hay que enfrentarse con la misma disposición ya sea en una plaza de segunda o en las Ventas –aunque he de decir que el nivel de debate y aportaciones de los estudiantes de hoy ha sido excelente–.

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