Libros usados

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Visita a El Desván del Libro, librería de segunda mano situada en la calle Fernán González. He visto esta edición de esa delicia que escribió Félix de Azúa (ay) llamada Historia de un idiota contada por él mismo. Me he animado a comprarla, pues viene con un prólogo y el ejemplar que leí pertenecía a la biblioteca. En cualquier caso, volver a su prosa siempre es un placer. La librería informa en su bolsa: “Libro ya leído y de ocasión”. ¿Cómo comprueban que se ha leído?

Hay una franquicia, Tik Books, dedicada a la venta de libros de segunda mano que está abriendo locales como setas en la capital. A su mercancía la definen como “libros usados”. ¿Un libro usado? La asociación más obvia es la del volumen que se coloca para tranquilizar la pata de una mesa desequilibrada. Consulto el DLE: la segunda acepción es “dicho de una persona: disfrutar algo”.  Sería demasiado cursi vincularlo a eso. Tal vez se trate de membretes que procuran evitar el conocido y pobretón segunda mano.

Estaré fuera unos días. Nos vemos la semana que viene.

Reacciones

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La carta de la cafetería de la Facultad no es muy variada. Cada martes y jueves, hasta principios de mayo, alterno la baguette vegetal con el sándwich vegetal. Cuando no tengo mucha hambre, me tomo una pulga vegetal. Hoy por lo menos me ha acompañado X. El tema de conversación, sentencia de La Manada. Me ha contado que, en un tren-hotel a Galicia, coincidió en el compartimento con un hombre muy afable. El ferrocarril sufrió un retraso, acerca del cual se quejaba mucho el compañero. “A mí no me importa llegar un poco después”, dijo X. “Pues yo tengo que llegar a la hora exacta, porque es mi primer permiso y, como llegue tarde…”. El hombre cumplía condena porque había atropellado al violador de su mujer —pasó el coche por encima de su cuerpo 50 veces—. Las imprevisibles reacciones del ser humano. La sed de venganza, el dolor como mecha para actos inciviles. Nauseabundos, por cierto, los fragmentos de la sentencia que se han difundido.

Y al salir de clase me he cruzado con un grupo de ancianas. Una de ellas, como gesto de consolación, ponía la mano sobre la espalda de otra, que destacaba entre las demás porque vestía completamente de negro, pero no de ese negro que uno escoge porque le gusta o porque considera que es el color idóneo para la ocasión, sino por el luto. Se trata de una costumbre aún vigente en los entornos rurales. Me parece exagerada porque anula la voluntad de las viudas —son las mujeres las que sufren esta imposición social; los hombres viudos se limitaban a llevar un brazalete negro y no se percibía como extraño que contrajeran segundas nupcias—. Mujeres que, con una media de 60 años, debían reemplazar su armario para el resto de sus vidas, sin más colores que el negro, con el fin de guardar luto por sus maridos. No solo se daba por hecho que no iban a interesarse por ningún otro hombre —por una mujer era impensable—, sino que debían limitar su tiempo de ocio a la Eucaristía, quedando encerradas en sus casas como novicias y amplificando la fase de duelo hasta límites patológicos ya que ante semejantes privaciones no solo resulta imposible su superación, sino que sus estados anímicos se precipitan hacia la depresión. Pongo también mi mano sobre esa mujer, para consolarla y para animarla a que se arranque las cadenas de las imposiciones arcaicas y caducas.

De vuelta en el cercanías, sorprendente cantidad de adolescentes portando bolsas de plástico con bebidas y vasos de tubo. Algunos, incluso, bebiendo sus propios cubatas preparados en el vagón. Lo que más me ha sorprendido ha sido una muchacha sujetando una botella de cinco litros, cuya transparencia dejaba ver un líquido amarillo –no parecía orín– en lugar del agua que originalmente contendría. Ocurre que hoy se celebra San Cemento (macrobotellón), motivo por el cual solo han acudido a clase cuatro alumnos. Pero la he impartido con absoluta normalidad, pues se trata de un oficio, al que, como los buenos toreros, hay que enfrentarse con la misma disposición ya sea en una plaza de segunda o en las Ventas –aunque he de decir que el nivel de debate y aportaciones de los estudiantes de hoy ha sido excelente–.

Marcapáginas

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Esta mañana he recibido una muy grata sorpresa: mi amigo C.C. me ha enviado una colección de marcapáginas, fabricados por él mismo a partir de viñetas de Liniers, para conmemorar el Día del Libro. El sobre blanco de la foto es el intermedio de todos los envoltorios que la cuidaban, comenzando por un paquete marrón de Correos. El viernes se marcha a San Francisco. Espero que disfrute de una agradable estancia allí.

 

Desorden civil

He visto, a través de la ventana del escritorio, que en una parte de la calle comenzaba a apiñarse un montón de gente. Me he asomado por otra ventana para ver qué ocurría. En la pared del bloque vecino, una niña pataleaba y agarraba a su madre por sus pelos. Acompañaba sus movimientos de expresiones soeces, entre las que destaca el “hija de puta” a su madre y el “hijo de puta” al policía. Han llegado más agentes y la cantidad de curiosos expectantes ha aumentado. La muchacha, lejos de tranquilizarse, se ha alterado más aún, hasta el punto de zafarse de los brazos de un policía propinándole un empujón violento. Ha salido corriendo hacia una bocacalle, pero pronto la han vuelto a atrapar. Al trasladarse de escenario, me he quedado sin campo de visión suficiente, así que me he puesto la gabardina y he bajado a la calle, fingiendo que daba un paseo. “¿Qué le pasa?” le he preguntado al anciano que contemplaba el suceso desde un banco, y que se ha desplazado también hacia la otra calle. “Pues una cría, que está loca o está borracha”.

La niña profería insultos sin descanso —su volumen era tal que se oía sin estar cerca—, y resultaban acaso más hirientes debido a su precocidad. Cuando me he asomado, he visto cómo le colocaban unas esposas. Terrible imagen la de un niño detenido. La chica se ha sentado en el suelo y un policía ha ordenado despejar la zona. He seguido caminando calle abajo, pero no me he demorado mucho en el paseo y enseguida he dado la vuelta. Pensaba que la historia había terminado, sin embargo una ambulancia ha aparcado y he tenido que apresurarme para conocer el desenlace. “¡¡No!! ¡¡Ambulancia no!!” gritaba la niña. Los médicos del Samur han hablado con la madre y la muchacha ha comenzado a llorar. Otro policía nos ha instado a dispersarnos, así que hemos tenido que abandonar el espectáculo sin saber cuál ha sido su final. Me acabo de asomar por la ventana y están los agentes y los profesionales del Samur discutiendo. Supongo que debe de ser difícil coordinar fuerzas del orden para un caso como ese, propio de aquel programa llamado Super Nanny.

23 abril

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Cada 23 de abril se respiraba en Alcalá un ambiente especial. No había clase, y yo aprovechaba para darme un paseo por la Feria del Libro de allí —estoy escribiendo en pasado pero imagino que estos verbos se pueden seguir conjugando en presente—. La Facultad solía organizar muchas actividades para los estudiantes, entre las que destacaba el encuentro con el escritor galardonado con el Premio Cervantes. Le podíamos hacer preguntas, previamente escritas en un papelito, que metían en una urna y el moderador iba seleccionando. En 2015, me animé a hacerle una cuestión a Juan Goytisolo. Me puse colorada cuando la leyeron en voz alta, por escuchar “Sofía” en la sala y porque mis compañeros me sonreían cómplices. Escribí: “¿Considera que la literatura debe ser comprometida?”. Aquel año ya empecé a plantearme, si no la validez, sí la verosimilitud de ciertos discursos al servicio de ideologías; también, la capacidad de influencia en la realidad de una obra de arte, aunque me temo que esto último nunca me lo creí —quizá quepa recordar que en 2015 se venía arrastrando una pulsión por las novelas sobre la Guerra Civil sin precedentes—. Y aquel año escuché a menudo aquel concepto de compromiso: los que lo citaban daban —dan— por hecho que implicaba una militancia política de izquierdas. Uno, es obvio, puede estar comprometido con cualquier causa, ya se corresponda con unas siglas u otras.

Goytisolo respondió, y lo hizo con una reflexión que se instaló para siempre en mi memoria, por su lucidez y porque, para mí, abrió la puerta de la libertad, creadora y lectora.  [parafraseo] “No creo en el compromiso como valor para calificar a una obra. Uno puede tener una intención muy buena, pero no tener la capacidad de plasmarlo en un texto más o menos bien. Y otro puede ser un misógino, como lo era Quevedo, y escribir sonetos de amor bellísimos, como hizo él”.

Juan Goytisolo no es de mis escritores favoritos, y tampoco suelo frecuentar sus obras; sin embargo, aquella intervención, como decía, me pareció espléndida.

Naturaleza muerta

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Digitalización del Museo del Prado. Atención al gato que hay debajo del ala…

“¡¡Espera!! ¡No lo muerdas! Primero hay que hacer la foto”, le grita una chica a otra al salir de una heladería para impedir el mordisco. ¿Se han comprado el polo porque les apetecía o porque querían subir a su Instagram una foto para atestiguar que han visitado el sitio? Me he pedido uno de frambuesa y limón. La imagen de mí misma chupando un polo por la calle me ha resultado algo ridícula e incluso ambivalente, pero pronto se me ha pasado cuando en una de esas calles viejas de Malasaña he visto a un grupo de chicas, vestidas con telas de leopardo y botas de plástico. Unas enseñaban a otras el movimiento del “twerking”, con las modalidades a) en medio de la rúa y b) frotándose contra la pared. Las profesoras lo hacían con verdadera destreza.

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El Museo del Prado siempre suele estar concurrido por turistas, especialmente los fines de semana. He acudido después de comer para visitar Rubens, pintor de bocetos. Me han gustado las capas finas de pintura, que llaman a esforzar la vista y a detenerse para lograr adivinar los contornos. También, la idea que late en esta exposición, pues es una defensa del boceto, del borrador, de las repeticiones, de la técnica; en definitiva, de los ejercicios de artistas que prefieren detenerse en temas concretos con resultados solventes. Y la obra que más me ha intrigado ha sido “Filopómenes descubierto”, de Pedro Pablo Rubens y Frans Snyders, una naturaleza muerta —literalmente—. Este cuadro nos enseña que las apariencias, muchas veces, engañan, y que el hábito no hace al fraile. Rubens y Snyders se inspiraron en un fragmento de Vidas paralelas, del latino Plutarco, dedicado a Filopómenes, “el último griego”. Según Plutarco, al hombre le prepararon un banquete de homenaje, y cuando llegó a la casa de los anfitriones, una criada le confundió con un criado debido a su apariencia humilde —si tan humilde era la apariencia, una túnica de un color rojo tan vivo como el que se ve en el cuadro no sé hasta qué punto casa con la historia y esa confusión—.  En cualquier caso, contemplar esa oca muerta, tendida sobre un montón de animales muertos y vegetales rancios, causa cierta turbación.

Los monstruos de la razón

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“El sueño de la razón produce monstruos”, Goya

Intento ordenar el relato de lo que ocurrió anoche, pero el impacto que me produjeron las noticias de A. dificulta el ejercicio. Me contó las varias decisiones que ha tomado, todas ellas a merced de un cambio drástico de identidad, que yo no esperaba en absoluto. Sus dedos temblaban ligeramente mientras sujetaban el cigarro —ha vuelto a fumar, como “modo para canalizar la ansiedad”— y su mirada estaba a ratos perdida. En una terraza, hubo un momento en que nos quedamos calladas, y pasó una terna de adolescentes riendo y chillando. “Míralos. La vida no les ha hecho daño todavía”, me dice. “Del brillo en los ojos se pasa a la mueca cínica”, contesto. Ahora ¿quién es A.? La percibo como un pajarillo que se ha arrancado un ala y la otra se la han cortado.

“La única realidad es el momento en que posas la cara en la almohada y estás a punto de dormir. Ese eres tú contigo mismo”, lamenta. Pero, digo, está Montaigne: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de uno mismo”. Silencio escéptico. Anoche fue muy larga. A. tiene que (va a) salir adelante.