Libros usados

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Visita a El Desván del Libro, librería de segunda mano situada en la calle Fernán González. He visto esta edición de esa delicia que escribió Félix de Azúa (ay) llamada Historia de un idiota contada por él mismo. Me he animado a comprarla, pues viene con un prólogo y el ejemplar que leí pertenecía a la biblioteca. En cualquier caso, volver a su prosa siempre es un placer. La librería informa en su bolsa: “Libro ya leído y de ocasión”. ¿Cómo comprueban que se ha leído?

Hay una franquicia, Tik Books, dedicada a la venta de libros de segunda mano que está abriendo locales como setas en la capital. A su mercancía la definen como “libros usados”. ¿Un libro usado? La asociación más obvia es la del volumen que se coloca para tranquilizar la pata de una mesa desequilibrada. Consulto el DLE: la segunda acepción es “dicho de una persona: disfrutar algo”.  Sería demasiado cursi vincularlo a eso. Tal vez se trate de membretes que procuran evitar el conocido y pobretón segunda mano.

Estaré fuera unos días. Nos vemos la semana que viene.

Corazones de piedra

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Angustiosa película, algo larga, pero interesante en tanto que muestra la tensión entre dos adolescentes en una aldea rural producida por el despertar sexual de ambos. Uno de ellos es homosexual y el entorno le crea un sentimiento de culpa, acuciado en su propia familia, totalmente desestructurada, en la que el padre llegó a propinar una paliza a un vecino por recaer sobre él sospechas acerca de su sexualidad. Lo que más me ha gustado ha sido la importancia que el director islandés otorga a los pequeños detalles: el beso en la mejilla del niño heterosexual, que no corresponde a los sentimientos del otro, provoca una sonrisa sincera, un alivio inmediato para la depresión que sufre y que le provoca un intento de suicidio. La madre decide mudarse a la capital de Islandia para poder comenzar una nueva vida; quizá allí el muchacho pueda desarrollarse en plenitud. ¿Qué otra opción había?

 

Coronel John

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El lunes recibí un mensaje muy extraño, cuyo remitente se hacía llamar Hannibal Smith —personaje del equipo A—. No ponía nada negativo, al contrario, pero la aparente cercanía y el hecho de que indicara que le habían rebotado un correo para mí, cuando no había ninguno en el e-mail, me hizo desconfiar. Se lo enseñé a M., que me puso en alerta; y a C.C., que en un alarde detectivesco sugirió cómo averiguar la identidad —creo que le inspiró haberle comentado que me he comprado una gabardina, así que nos metimos en el papel de inspectores—. Ayer me volvió a escribir el coronel John para quitarse su máscara: se trata de un librero de Pamplona, E., un tipo muy agradable. Ahora me río mientras escribo esto, pero el correo me causó cierta inquietud aquel lunes. En fin, me encanta que los planes salgan bien. (Y cuánto tiempo podemos llegar a emplear en preocuparnos por elucubraciones, por cierto).

Esta mañana, docencia, con el consiguiente desplazamiento a la Alcarria. Retraso en el tren de cercanías. Mientras llega, espero sentada en un banco; detrás de mí, un hombre encapuchado y en deportivas movía la pierna, nervioso. Se ha sentado a su lado un chico, de cuyo jersey colgaba una tarjeta identificativa. No he podido distinguir a qué organización pertenece. Le ha preguntado al hombre “¿qué tal se encuentra?”, como si lo conociera de toda la vida, y le ha respondido con igual familiaridad. Se ha interesado por su trabajo y por su familia; el hombre le ha confesado que la situación está muy difícil para él, y el chico le ha animado a asistir a uno de sus encuentros. La vulnerabilidad como río donde lanzar el anzuelo. Cuando el joven apuntaba los datos de contacto, se ha sentado una mujer a mi derecha. Le escribía a un tal Luis “Cari, este finde me quedo en Madrid”. “No te preocupes, amor”. Casi simultáneamente ha recibido otro de Alfonso: “Tengo unas ganas enormes de empotrarte contra la lavadora”. ¡Contra la lavadora! Qué gracia. Ella: “Ya le he dicho a mi marido que este finde me quedo”. Otros que quieren que sus planes salgan bien. Lo siento mucho por Luis.

 

 

Espiritualidad

Me cuenta JC-M que ayuda mucho a la espiritualidad imaginar tu cadáver o contemplar uno parecido. Y le digo —y os cuento— que me ocurrió algo parecido hace algunos años, cuando fui al cementerio donde está enterrada una bisabuela, que yo naturalmente no conocí, y que se llamaba Sofía. Ver mi nombre en una lápida me causó una honda impresión. Y a continuación me recita un poema suyo inédito que no puedo reproducir aquí.

C.: “¡Llevas mucho tiempo sin actualizar el almanaque!”. Dos días, únicamente. Hay ocasiones en las que a uno le sale escribir solo en la intimidad del papel, como si el cuaderno ejerciera de confesionario, y nada más.