Fervor popular

No tenía pensado ir a ver las procesiones esta tarde a X, pero mi madre me ha convencido con el argumento letal de “lo puedes contar en el almanaque” (Miguel de Unamuno señaló el mal endémico del escritor de diarios: no apuntar lo que se piensa, sino pensar para apuntarlo. Lo cual se puede extrapolar a la vivencia de anécdotas, etc.). Nos hemos colocado en un punto estratégico, del inicio de la marcha, para contemplar mejor los pasos. Aún siguen las hermandades por la calle —y lo que les queda–. De repente, han saltado chispas, y no de fervor popular. Una túnica ha comenzado a arder; algunos nazarenos han salido del anonimato para auxiliar al herido, y la banda de cornetas ha interrumpido su música. Al encargado de la purificación aromática se le ha caído el incensario cuando se ha extralimitado en sus funciones y ha ayudado a levantar el paso que acompañaba. ¡Qué hedor! Desde luego, ya estamos purificados para una buena temporada. Tras echarle un par de botellas de agua sobre la tela, el principal afectado ha seguido la marcha, gesticulando para expresar que estaba bien, y se ha dirigido a un compañero nazareno para recoger su cirio, que ha alzado como el torero que saluda con la montera para brindar el toro.

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