Estanterías

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Que la investigación afecta a la salud mental es algo de lo que ya me avisaron hace tiempo; pero hasta esta tarde desconocía que también corre peligro la integridad física. He bajado a la Hemeroteca de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás, compuesta por estanterías móviles que hay que desplazar mediante un volante. La Hemeroteca se encuentra en un sótano, en el que hace muchísimo frío y al que solo se puede acceder con un carnet determinado —ah, y donde nunca hay nadie—. He movido la necesaria para acceder a la parte de las revistas de literatura y, cuando me encontraba al final del exiguo pasillo, la estantería ha comenzado a moverse, cada vez más rápido. El móvil no tenía cobertura, de manera que no me era posible enviar unas últimas palabras de despedida si me quedaba aplastada entre el hierro y el papel. He sujetado con todas mis fuerzas la estantería que se movía y, una vez en el medio, he salido corriendo hasta el final de ese túnel archivístico, solo iluminado gracias a mi terminal. Logré salir, y pude ver cómo la estantería se llevaba por delante mi cuaderno de apuntes, doblando sus páginas sin piedad.

Escribió ayer Andrés Amorós para La Tercera un artículo titulado “Nostalgia del Catedrático de Instituto”. Recomiendo su lectura en su totalidad, pero me gustaría citar el primer párrafo, pues me parece sumamente ilustrativo del estado de ánimo por el que pasamos muchos:

Hablo con frecuencia con exalumnos míos, que ahora son catedráticos de Bachillerato. A todos, sin excepción, los veo deprimidos, luchando contra la fácil tentación de rendirse y renunciar, por imposibles, a los ideales que les impulsaron a seguir esa vocación. Sabían de sobra que no se iban a hacer ricos pero no imaginaban que casi todo —la organización educativa, la burocracia, la indisciplina, el abandono de la sociedad— iba a conspirar contra sus ilusiones de ser buenos profesores (Andrés Amorós, ABC, 4/III/2018).

2 pensamientos en “Estanterías

  1. La situación que se vive en Bachillerato, a juzgar por lo que me cuenta mi hija, que está cursando estos estudios, es muy lamentable: un grupo de alumnos que desconectan de las clases se dedican a molestar a compañeros y profesores, que solo tienen dos opciones: prescindir de ellos o prestarles atención, con lo que retrasan al resto y corren el peligro de entrar en su juego, llegando a situaciones de violencia. Nuestros gobernantes deberían atreverse, como hicieron los laboristas ingleses, a permitir la agrupación de alumnos según su rendimiento, porque la idea de la “igualdad de resultados” es una falacia, que además de injusta no beneficia a nadie.

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