Fervor popular

No tenía pensado ir a ver las procesiones esta tarde a X, pero mi madre me ha convencido con el argumento letal de “lo puedes contar en el almanaque” (Miguel de Unamuno señaló el mal endémico del escritor de diarios: no apuntar lo que se piensa, sino pensar para apuntarlo. Lo cual se puede extrapolar a la vivencia de anécdotas, etc.). Nos hemos colocado en un punto estratégico, del inicio de la marcha, para contemplar mejor los pasos. Aún siguen las hermandades por la calle —y lo que les queda–. De repente, han saltado chispas, y no de fervor popular. Una túnica ha comenzado a arder; algunos nazarenos han salido del anonimato para auxiliar al herido, y la banda de cornetas ha interrumpido su música. Al encargado de la purificación aromática se le ha caído el incensario cuando se ha extralimitado en sus funciones y ha ayudado a levantar el paso que acompañaba. ¡Qué hedor! Desde luego, ya estamos purificados para una buena temporada. Tras echarle un par de botellas de agua sobre la tela, el principal afectado ha seguido la marcha, gesticulando para expresar que estaba bien, y se ha dirigido a un compañero nazareno para recoger su cirio, que ha alzado como el torero que saluda con la montera para brindar el toro.

Torrijas

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Poco que añadir…

Hablábamos hace meses en el almanaque de la cabalgata de Reyes. Leo hace un rato en el ABC de Sevilla que hay gente que acampa con cachimbas para ver salir a la Esperanza de Triana. Esas costumbres no se limitan a la capital andaluza. En algunas procesiones, a veces se puede ver a algún nazareno vestido indecorosamente: zapatillas de deporte sucias, pantalones de chándal, traje demasiado corto, tuertos artificiales por la inexactitud de los orificios del capirote… De manera que uno emplea la palabra secularización por no decir chapuzas.

Que el postre tradicional estos días sea la torrija dice mucho de nuestro país. La comida de aprovechamiento, género gastronómico que nuestros antepasados cultivaron con esmero. Quizá sea el último reducto de la memoria familiar, siempre y cuando las cocine uno mismo, porque en determinados lugares las venden por unidad a precios excesivos. Pero claro, se trata de pan mojado en leche, frito y después espolvoreado con azúcar y nostalgia, y este último ingrediente no es fácil de encontrar.

Desdoblamiento

Cuando estoy en PM me veo a mí misma desdoblada; como si no estuviera aquí, pero tampoco en Madrid. Adquiero perspectiva con respecto a mis emociones en la capital y me doy cuenta de que en algunos casos se trata de exacerbadas elucubraciones sin viabilidad; otras de falta de conciencia sobre la importancia de ciertos vínculos afectivos para mi bienestar emocional; y en menos de la escasa relevancia de otros lazos. En eso iba pensando esta tarde, mientras paseaba por las calles sin un rumbo fijo. Solo quería andar un rato y aprovechar el sol, para la vitamina D y para despejarme, después de pasar el día entero frente al ordenador realizando unas tareas. He pasado delante de algunas casas conocidas, de tiendas –algunas nuevas, otras reformadas, y también locales en desuso– y de colegios. Me he detenido enfrente de un escaparate y he sentido cómo una mano se posaba sobre mi hombro. Era yo.

La realidad oculta

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Le sigo dando vueltas a la noticia de ayer. ¿Cuántas historias permanecen ocultas en nuestro entorno? En el colegio, compartí aula con una chica de la que se decía que tenía un hermano secreto. Nunca nos reveló nada. Yo siempre esperé a que, en alguno de sus cumpleaños, apareciera como invitado especial un primo “de Madrid”, y que su identidad se correspondiera con la del hermano. Manuel Gutiérrez Aragón llegó a decir, en su discurso de ingreso a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que consideraba que su mundo infantil era “un teatro”. Por mi parte, lo que me preocupaba hace unos meses era la ambivalencia de algunas personas a la hora de compartir/esconder su estado civil; ahora ya me lo tomo a risa. Lo hablaba mucho con A. “No te puedes fiar de nadie; ahora tienes que desconfiar antes que confiar, antes era al contrario”, me decía, como sabia consejera que es. Y tiene razón. “Es evidente que a la gente, independientemente de su situación sentimental, le gusta coquetear, sentirse gustada, y esa es una vía rápida”. Me parece bastante lamentable.

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Tarde en Alcázar (otra vez). Los supermercados de la región son espacios de avituallamiento social y alimenticio; rara es la ocasión en la que uno no se encuentra con alguien de PM. Al regresar, carretera solitaria; solo algún búho con ruedas de vez en cuando. No hay nada. De fondo el rumor de la radio; tertulia política de escaso interés –llevan varios días con el mismo rollo–. Ya es de noche y me sumo en un estado de duermevela; poso la mano izquierda sobre la mejilla y observo cómo apenas se distinguen las viñas a la luz de la luna. En la entrada a PM, la iluminación artificial y agresiva de las farolas me despierta. Tampoco hay nada.

Camino particular

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Después de comer, aprovechando que se auguraba una tarde muy soleada, he salido al campo a pasear. Recorro siempre el mismo itinerario, cuyos únicos cambios se corresponden con la apariencia de la vid según la estación y con mi estado de ánimo. Esta tarde las viñas estaban desnudas, de un gris leñoso casi negro, sin rastro de los copiosos ramilletes de uva y sin ninguna hoja verde. Pronto comenzarán a brotar. En un tramo, un buen ejército de flores silvestres, que se mecían de acuerdo al viento, cada vez más intenso, que expandía su olor. La sensación agradable ha durado hasta que las gotas de agua han comenzado a caer del cielo, cuyas nubes, antes blancas, habían adquirido un color cercano al de las parras. Menos mal que llevaba una cazadora impermeable. He arreciado el paso, pero no importa cuán rápido camines cuando llueve, porque te vas a mojar igual. Cuando he vuelto a casa, se ha detenido la lluvia. A veces hasta el tiempo nos toma el pelo.

La noche

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El canon de Bayer

Hemos estado L. y yo pasando la tarde-noche en Alcázar. Cena en un sitio bastante pintoresco. La decoración parecía sacada de una visita al Rastro, por la cantidad de rarezas y objetos colocados sin más criterio que el de la arbitrariedad. Una de las paredes estaba llena de fotografías en las que se podía ver al dueño posando con personajes conocidos (Almodóvar, Julio Iglesias, Raúl, etc.). Su particular paseo de la fama. Cuando íbamos por el postre, se ha sentado al lado un grupo de mujeres mayores, superarregladas y dispuestas a darlo todo en la noche. A mí me empezaba a entrar sueño, por el efecto embriagador de la sangría y por el cansancio acumulado. Aunque hacía frío, hemos dado un breve paseo y, de repente, nos ha asaltado un gitanillo, que empuñando una navaja pequeña ha dicho: “Darme cinco euros”. Yo me he empezado a reír y mi amiga le ha cogido del brazo y le ha tirado la navaja, lanzándola al aire. El niño ha salido detrás de ella; yo me he tenido que apoyar en una pared porque no podía detener las carcajadas; y L. ha lanzado algún grito en contestación a los improperios del muchacho, que nos ha dedicado personalmente mientras corría.

Venir/Volver

Hemos venido mi amiga Lucía y yo esta tarde a PM. Al llegar a la estación, mis padres nos han recogido y, como antaño, cuando salíamos de solfeo o de inglés, hemos compartido espacio en el coche hasta parar en su casa y dejarla, hasta la próxima clase. Solo que ahora no hay próximo día y lo de esta noche ha sido un espejismo de tiempos pasados.

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El autobús recorre los caminos de asfalto y a través de las ventanas mojadas por la lluvia intermitente se aprecia cómo la tarde va cayendo. Cuando llegamos a La Mancha ya solo hay oscuridad.