Juguetes rotos

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Un juguete roto evoca la inutilidad de un objeto asociado a la infancia. ¿Por qué se llama así la obra teatral, dirigida por Carolina Román, que se puede ver hasta marzo en el Teatro Español? Porque nos habla de un hombre que se sintió excluido en un ambiente represor que no solo no reconoció su verdadera identidad, sino que la oprimió y la vejó. La obra nos muestra las sucesivas etapas vitales que atravesó, todas ellas marcadas por el entorno —un pueblo rural de Murcia—, que le provoca una inseguridad que lo acompaña hasta que se muda a Barcelona y allí puede expresarse, paulatinamente, tal y como se siente. “Qué raro eres” le dice su primo en un episodio de adolescencia. Pero, ¿qué es ser raro? ¿Acaso es algo negativo? Yo no lo percibo como tal; al contrario, me parece loable no pretender ser una fotocopia.

Pese a que el tema que se denuncia es triste —hay otros secundarios, como la velada alusión a la epidemia de sida que sufrieron principalmente los homosexuales, y también positivos, como la celebración de la amistad, aunque este con final trágico—, en el transcurso de la representación la carcajada es recurrente. El decorado no es irrelevante: jaulas a modo de taquillas y de lámparas cuyo simbolismo es obvio; y los actores, Nacho Guerreros y Kike Guaza, llevan a cabo un trabajo soberbio.

Agradezco a Eugenio, seguidor del blog, que me la recomendara.

Para qué

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El paso de la laguna Estigia, Joachim Patinir

Me comentaba ayer mi amigo MC que cuando lee por primera vez a un autor y le encanta, continúa hasta que devora todo su corpus. Me ha ocurrido también, y seguro que muchos lectores de este almanaque comparten esta práctica. Pero, ¿qué sucede cuando se termina? Se instala en nosotros una sensación de vacío, la desesperanza al confirmar que ya no hay más –si está muerto–. ¿Y la posibilidad de la relectura? Decía González-Ruano en una de sus crónicas que “releer es un lujo para un profesional de las letras. En el tiempo en que volvemos a leer un libro ya conocido, podíamos descubrir o aprender algo en otro”. No estoy de acuerdo. Si el libro nos interesa –o la película–, con seguridad descubriremos o aprenderemos siempre que volvamos a él, probablemente sobre nosotros. Y comprobaremos que, pasado un tiempo, no somos los mismos.

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Día de vaivenes anímicos. Mi profesora de yoga nos insta a mantenernos impasibles ante la alegría y la tristeza. Según el ashtanga yoga, las reacciones extremas han de rechazarse, de manera que lo ideal es cultivar la serenidad. Lo he intentado, pero no soy capaz –seguramente porque soy bastante escéptica con respecto al beneficio de esa “norma”–. ¿Cómo no sentirse eufórico ante una buena noticia? ¿Cuál es entonces su sentido? ¿Por qué no exteriorizar nuestra pena, soltar las lágrimas, limpiar nuestra alma?

Hay días en los que uno tiende a preguntarse para qué. No siempre hay respuesta.

Sin amor

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Esta mañana he vuelto a Alcalá, al archivo que os referí ayer. Me gustaría dejar constancia de que los encargados de la sala de investigación son excelentes; siempre me atienden con verdadera dedicación. Como transcurre un lapso de tiempo considerable entre una y otra visita a la ciudad complutense, cuando recorro sus calles me entretiene observar las nuevas tiendas, las remodelaciones, las recientes aperturas de locales de restauración, empresas que muestran las pulsiones del lugar —por lo que he visto hoy, se llevan las pizzerías y los tacos mexicanos—. Ahora no tanto, pero las primeras veces que la visitaba, después de mi mudanza a Madrid, sentía una amalgama de sensaciones que oscilaban entre la nostalgia y la conciencia del paso del tiempo, todas ellas tomaban como base la creencia en la necesidad de mirar únicamente al frente. Pero ahora, cuando regreso a la ciudad de los anhelos, muchos de ellos cumplidos, la impresión es la de hacer turismo de interior, pues al igual que hay que vivir con lo bueno y lo malo, es preciso integrar sin aflicción los lugares que conforman nuestra memoria.

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Los espectadores congregados esta tarde en una de las sesiones de los Golem para ver Sin amor hoy, día de San Valentín, probablemente compartamos la afición por el humor negro. Es otra manera de celebrarlo, tan legítima como comprarle una rosa de plástico al vendedor ambulante de la Gran Vía. Al inicio de la sesión ha habido un momento de máxima tensión, pues una pareja no encontraba las butacas asignadas y, al hacerlo, se han topado con que otros las habían ocupado. Han estado unos minutos de pie, justo cuando comenzaban los tráilers, y muchos les han increpado. La tensión ha ido en crescendo, esta vez en relación al film, pues se trata de una historia cruda, poco complaciente, en la que el director ruso, Andrey Zvyagintsev retrata a una expareja que se perdió el respeto hace tiempo, si es que alguna vez lo tuvo. La víctima es su hijo, fruto de un error, según los padres, al que por cierto utilizan como arma para su divorcio. Ninguno de los dos quiere su custodia. La mujer vive ensimismada con las redes sociales y el hombre ha dejado embarazada a una joven con la que parece repetirse el esquema vivido con su exmujer. El niño desaparece y, como dato revelador, los padres se dan cuenta a los dos días por una llamada de una profesora del colegio. La película es una fábula de la sociedad de, de la agonía del Eros (Byung-Chul Han), y nos recuerda que tener hijos es una responsabilidad. “No somos inocentes ni culpables: somos responsables”, dice Voltaire en la obra de Jean-François Prévand.

¿Por qué sonríes?

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Volvía del Archivo General de la Administración, donde he pasado la mañana para unas pesquisas académicas, cuando, al cruzar una calle, me han asaltado un par de muchachos. “Perdona, nos puedes decir… ¿por qué sonríes?”. Mi primera reacción ha sido mirar alrededor por si acechaba una cámara; la segunda, preguntarles para qué era la performance, por si una vez respondida me pedían dinero. “Simplemente queremos saber por qué sonríes”. Me detengo enfrente de la pizarra y les señalo una de las opciones, pero uno de los dos me tiende un ramillete de rotuladores e insiste en que apunte mi parecer. Escribo “familia” en uno de los pocos huecos libres y a continuación los chicos me piden que les haga una foto con la tabla. Me han hecho sonreír.

Viajes arquitectónicos

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He disfrutado mucho de la crónica Queríamos un Calatrava, del periodista catalán Llàtzer Moix. El subtítulo “Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio” sintetiza muy bien el sentido de un libro dedicado a Santiago Calatrava. De los testimonios que recaba Moix, a través de los cuales construye un relato del arquitecto valenciano, se vislumbra una basculación entre la personalidad seductora de Calatrava a la hora de firmar el contrato y el aborrecimiento por parte de políticos y contribuyentes de la obra finalizada. Si hablamos de arquitectos contemporáneos “estrella”, a mí me gustan mucho más Renzo Piano —me quedé asombrada el pasado verano al contemplar la belleza de la Fundación Botín, cuyo edificio diseñó él, por poner solo un ejemplo–, Oscar Niemeyer o Norman Foster —por cierto, rival de Calatrava, y sus rencillas, todas por parte del español, se explican en el libro—, pero es innegable el mérito de Santiago Calatrava y de su estudio. El Puente de la Constitución de Venecia, desde una vista aérea, es impresionante, y su ligereza es prodigiosa. Pero no su funcionalidad. El puente conecta una estación de tren con una de autobuses, de manera que es de esperar que los viandantes porten maletas. No está adaptado para los minusválidos, la longitud de los escalones es irregular, y la superficie es de vidrio, con lo cual no es difícil resbalarse (ocurre igual en el puente Zubi Zuri de Bilbao). Una de las causas del repudio ha sido el sobrecoste de las obras. Moix aporta cifras y son espectaculares. Cuando el periodista habla de esos presupuestos, casi sin límites, traza también un periodo, conocido como la burbuja inmobiliaria, en el que una constelación de políticos y empresarios saqueó los fondos que, si se hubieran destinado a otros fines, no estaríamos hablando hoy de edificios deslucidos y con goteras, metáforas de la España posboom inmobiliario.

Lo que queda de una vieja llama

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Thomas Hardy

 

Estos días, quizás por el sesgo cognitivo, o quizás porque se acerca el Día de los Enamorados y se supone que hay un ambiente favorable al amor, he visto con más frecuencia en el metro a jóvenes que sonreían al leer los mensajes recibidos en su móvil o al escribirlos ellos mismos. Se trata de sonrisas reveladoras, nacidas del cosquilleo enamorado. Esos mensajes son el semillero precursor de la pasión, para los que la espera se convierte en dolencia febril y la imaginación es un terreno que se abona sin medida. Entreveraba las miradas fugaces a esos rostros ilusionados con la lectura de poemas de Thomas Hardy, cuya compañía es balsámica.

Sentada en una sala de espera, he podido observar fragmentos de la charla que ha mantenido una chica con su novio, Iñaki, a través de whatsapp. Ella estaba algo nerviosa: sudaba, se movía en el sitio y se tocaba el pelo impulsivamente. Por lo que leí, tienen la intención de comprar un piso, para lo cual, lógicamente, tienen que escoger una finca y, con posterioridad, decidir la manera de ejercer el pago. Entre los dos, escribe ella, ganan 3000€. La chica decía que había visto un piso bonito en Acacias. “—¿Acacias? No me seas pobre”. Cabe recordar el concepto, acuñado por Adela Cortina y desarrollado en un libro que se publicó el pasado año, de aporofobia. Primero, me sorprende que alguien, en el desarrollo de una conversación decisiva para tu futuro, emplee ese tipo de argumentos; segundo, ¿irse a vivir a Acacias es ser pobre? Obviamente, no, y menos en una ciudad como Madrid, en la que hay libertad de elección en educación y sanidad, de modo que el barrio donde residas no te determina tanto. El chico le recuerda que un piso que vieron de 80 m2, de dos habitaciones —el tácito propósito de tener descendencia—, estaba muy bien. La chica salió del whatsapp y entró en una aplicación que permitía calcular las mensualidades de una hipoteca. En la casilla del plazo para pagarla, puso 25 años. Me quedé atónita. “Eso de encadenarse a otra persona de por vida es invención del diablo”, decía Tristana, que paradójicamente es un ejemplo de encadenamiento perpetuo.

 

*Lo que queda de una vieja llama es el título de uno de los libros de Thomas Hardy y la foto se ha extraído de The Guardian.

Sindicatos

Esta mañana he tenido una reunión en la Biblioteca Nacional y, como he llegado pronto, he esperado a que llegara la hora en la Sala de Prensa y Hemeroteca. Estaba expuesto en una estantería un número de Claves de la razón práctica de 2015, dedicado al sindicalismo, y me lo he llevado a la mesa. El rol de los sindicatos en nuestra sociedad es un tema sobre el que es interesante reflexionar. En su artículo, Nicolás Redondo Terreros señala tres factores por los que los sindicatos carecen de un papel prominente en el debate público: en primer lugar, la excesiva vinculación política de UGT y CC.OO. durante los gobiernos de Zapatero; en segundo lugar, la falta de un modelo sindical en España y la dependencia con respecto al Estado, que soporta el coste de su mantenimiento —con las consecuencias que ha acarreado, como se ha visto con los cursos de formación, por ejemplo—; y, en tercer lugar, el rechazo del Gobierno actual a los sindicatos. Redondo Terreros afirma que no conviene prescindir de ellos y que “dan seguridad, institucionalizan los conflictos, son herramientas para integrar a muchos sectores sociales”. Manuel V. Gómez, por su parte, en un texto muy interesante sintomáticamente titulado “El problema de ser Institución”, pone de relieve la reducción de la afiliación —tanto en España como en los demás países europeos—, la quimera del modelo bisindical UGT-CC.OO. y la aparición de partidos y movimientos sobre los que se han proyectado las fuerzas que antes movían a los sindicatos.

Urge un debate sobre su verdadera función, sobre lo que realmente hacen, sobre su vinculación con los empleos del futuro-presente y la robotización, y sobre su estructura interna.