Afrontar el No

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Dedicarse a un campo en el que los proyectos están sometidos a la evaluación ajena, de la cual depende su realización o no, provoca que termines construyendo una barrera que frene las ilusiones, y que llegues incluso a dar por hecho el No antes que cualquier atisbo de posibilidad. Pero esta es solo la teoría. Es inevitable abrir, aunque sea ligeramente, los toriles de las emociones y caer en la tentación de imaginarte con el Sí —de lo contrario, ¿qué movería a la voluntad?–.

A mí ayer me dijeron que No y no pude evitar caer en el desánimo. Procuré seguir con la rutina, alentada por los ánimos de mi entorno, y después de pasar la tarde en la Hemeroteca, acudí a la Alberti para recoger Reflexiones y máximas de Vauvenargues, traducidas por Manuel Machado. Abro el libro al azar y leo: “Quien sabe sufrirlo todo, puede atreverse a todo”.

A las nueve debía estar en un local de Lavapiés –fiesta de despedida de mi amiga C.– y, como aún quedaba media hora, fui andando hasta allí. Volví a pasar enfrente del Edificio Ocaso, diseñado por Juan Paz de la Torre, y me detuve unos minutos para contemplar su belleza iluminada (disculpad la mala calidad de la fotografía), pues el contraste del color ladrillo con el blanco me reconforta.

Cuando llegué, mi amiga aún no se encontraba allí, así que esperé en la puerta, al lado de un hombre que me pareció guapísimo, y que también estaba esperando. Me empecé a impacientar, no sé si por que no veía a C. o porque me apetecía entablar conversación con él. Un rato después, llegaron C. y más gente, que me presentó y cuyos nombres olvidé a los pocos segundos. Y también me introdujo al compañero de espera. Pasaron al bar y los dos nos quedamos los últimos para pasar. Posé mi mano en el picaporte para sujetar la puerta de entrada y él, que iba detrás, puso la suya encima de la mía.

— ¿Cuántas lleváis? —preguntó el camarero, cuando pedimos un par de copas más. — Es por hacer la cuenta —añadió ante nuestra cara de desconcierto.

— ¿Nos lo ha dicho porque considera que ya vamos lo suficientemente borrachos? —le dije a V.

— No, será por hacer la cuenta…

Nos despedimos de C. y de los demás, y propuso acompañarme hasta el metro, gesto que le agradecí —por la caballerosidad y porque estaba desorientada—. “Me gustaría verte de nuevo”. Me apoyé en la pared —me empezaba a marear— y suspiré. Hoy me he levantado tardísimo.

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