Sin amor

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Esta mañana he vuelto a Alcalá, al archivo que os referí ayer. Me gustaría dejar constancia de que los encargados de la sala de investigación son excelentes; siempre me atienden con verdadera dedicación. Como transcurre un lapso de tiempo considerable entre una y otra visita a la ciudad complutense, cuando recorro sus calles me entretiene observar las nuevas tiendas, las remodelaciones, las recientes aperturas de locales de restauración, empresas que muestran las pulsiones del lugar —por lo que he visto hoy, se llevan las pizzerías y los tacos mexicanos—. Ahora no tanto, pero las primeras veces que la visitaba, después de mi mudanza a Madrid, sentía una amalgama de sensaciones que oscilaban entre la nostalgia y la conciencia del paso del tiempo, todas ellas tomaban como base la creencia en la necesidad de mirar únicamente al frente. Pero ahora, cuando regreso a la ciudad de los anhelos, muchos de ellos cumplidos, la impresión es la de hacer turismo de interior, pues al igual que hay que vivir con lo bueno y lo malo, es preciso integrar sin aflicción los lugares que conforman nuestra memoria.

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Los espectadores congregados esta tarde en una de las sesiones de los Golem para ver Sin amor hoy, día de San Valentín, probablemente compartamos la afición por el humor negro. Es otra manera de celebrarlo, tan legítima como comprarle una rosa de plástico al vendedor ambulante de la Gran Vía. Al inicio de la sesión ha habido un momento de máxima tensión, pues una pareja no encontraba las butacas asignadas y, al hacerlo, se han topado con que otros las habían ocupado. Han estado unos minutos de pie, justo cuando comenzaban los tráilers, y muchos les han increpado. La tensión ha ido en crescendo, esta vez en relación al film, pues se trata de una historia cruda, poco complaciente, en la que el director ruso, Andrey Zvyagintsev retrata a una expareja que se perdió el respeto hace tiempo, si es que alguna vez lo tuvo. La víctima es su hijo, fruto de un error, según los padres, al que por cierto utilizan como arma para su divorcio. Ninguno de los dos quiere su custodia. La mujer vive ensimismada con las redes sociales y el hombre ha dejado embarazada a una joven con la que parece repetirse el esquema vivido con su exmujer. El niño desaparece y, como dato revelador, los padres se dan cuenta a los dos días por una llamada de una profesora del colegio. La película es una fábula de la sociedad de, de la agonía del Eros (Byung-Chul Han), y nos recuerda que tener hijos es una responsabilidad. “No somos inocentes ni culpables: somos responsables”, dice Voltaire en la obra de Jean-François Prévand.

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