Lo que queda de una vieja llama

thomas hardy

Thomas Hardy

 

Estos días, quizás por el sesgo cognitivo, o quizás porque se acerca el Día de los Enamorados y se supone que hay un ambiente favorable al amor, he visto con más frecuencia en el metro a jóvenes que sonreían al leer los mensajes recibidos en su móvil o al escribirlos ellos mismos. Se trata de sonrisas reveladoras, nacidas del cosquilleo enamorado. Esos mensajes son el semillero precursor de la pasión, para los que la espera se convierte en dolencia febril y la imaginación es un terreno que se abona sin medida. Entreveraba las miradas fugaces a esos rostros ilusionados con la lectura de poemas de Thomas Hardy, cuya compañía es balsámica.

Sentada en una sala de espera, he podido observar fragmentos de la charla que ha mantenido una chica con su novio, Iñaki, a través de whatsapp. Ella estaba algo nerviosa: sudaba, se movía en el sitio y se tocaba el pelo impulsivamente. Por lo que leí, tienen la intención de comprar un piso, para lo cual, lógicamente, tienen que escoger una finca y, con posterioridad, decidir la manera de ejercer el pago. Entre los dos, escribe ella, ganan 3000€. La chica decía que había visto un piso bonito en Acacias. “—¿Acacias? No me seas pobre”. Cabe recordar el concepto, acuñado por Adela Cortina y desarrollado en un libro que se publicó el pasado año, de aporofobia. Primero, me sorprende que alguien, en el desarrollo de una conversación decisiva para tu futuro, emplee ese tipo de argumentos; segundo, ¿irse a vivir a Acacias es ser pobre? Obviamente, no, y menos en una ciudad como Madrid, en la que hay libertad de elección en educación y sanidad, de modo que el barrio donde residas no te determina tanto. El chico le recuerda que un piso que vieron de 80 m2, de dos habitaciones —el tácito propósito de tener descendencia—, estaba muy bien. La chica salió del whatsapp y entró en una aplicación que permitía calcular las mensualidades de una hipoteca. En la casilla del plazo para pagarla, puso 25 años. Me quedé atónita. “Eso de encadenarse a otra persona de por vida es invención del diablo”, decía Tristana, que paradójicamente es un ejemplo de encadenamiento perpetuo.

 

*Lo que queda de una vieja llama es el título de uno de los libros de Thomas Hardy y la foto se ha extraído de The Guardian.

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