Vecinos

la ventana indiscreta

Se ha resuelto por fin uno de los misterios que más me venían perturbando en los últimos meses. Desde octubre, algunas noches empecé a escuchar ruidos. Su frecuencia me permitió establecer una sistematicidad: se producían los viernes y sábados por la noche y, desde diciembre, los martes por la noche también. Como el sagaz lector habrá adivinado, no se trataba de conversaciones sobre el idealismo hegeliano, sino que se correspondían a otra clase de ruidos. (*Hablaba el otro día con una persona sobre la dificultad de nombrar a la relación sexual. Hacer el amor suena antiguo y desde luego en muchos de los casos el amor ni está ni se le espera; practicar sexo imbrica la idea de actividad deportiva; follar, en ciertos contextos, es demasiado coloquial; y etc, pues pocas acciones poseen más maneras de nombrarse que esa en concreto). Llamé en un par de ocasiones a su puerta, para comentarles que, por favor, los martes —al menos—, procuraran hacer menos ruido. En ninguna de ellas se hallaban en el piso. Pero, ¿quiénes eran realmente mis vecinos? Cuando creía que me resultaban ya familiares (un hombre pornográficamente ruidoso y una mujer que solo gritaba cuando estaban concluyendo), una semana comencé a escuchar a dos hombres, uno de ellos el ya conocido. Lo curioso es que, aquellas noches, llegaban muy tarde y, en cuanto finalizaban, se marchaban. Cuando se lo comenté a mi amiga A., me sugirió que quizá estaban alquilando el piso como picadero. Eso me preocupó aún más. ¿Se lo debería decir al casero? No tenía pruebas y ese tipo de problemas son casi imposibles de objetivar. Hube de comprarme unos tapones y, después de meses sin hacerlo, volví a meditar antes de dormir. Esos cambios en mi rutina me facilitaron, sin duda, el descanso.

Cuando volví, ayer por la tarde, de dar un paseo, subí al piso por las escaleras y, al llegar a mi planta, me encontré con un montón de muebles y cajas a lo largo del pasillo. ¿Vería la cara del hombre al que ya podía decir que conocía en su intimidad, antes que cualquier otra aproximación cordial? Francamente, lo último que me apetecía era asociarle un rostro. Oí el ruido de varias personas, y de diferentes edades. En lugar de hablar, gritaban, y se podía escuchar perfectamente lo que decían. Salí, cuando los hombres habían bajado las cajas y solo escuché a mujeres, y llamé a la puerta —pese a que estaba abierta—, y salió una joven que me me miró algo pasmada, aunque quizá la cantidad de piercings que llevaba en su cara habían menoscabado la capacidad de su rostro para expresar emociones. “Hola, quería preguntarles… ¿están de mudanza o de reforma?”. No me dijo nada, y enseguida salió la madre, que por lo menos parecía receptiva. “¡Hola! ¿Eres la vecina de al lado? Pues mira, no estamos ni de lo uno ni de lo otro. Este es un piso de renta antiguo y mi padre falleció hace poco, así que dejamos las llaves para siempre”. “Ah, pues nunca os había visto”. “Ya, es que aquí no vive nadie”. “¿No vive nadie?”, pregunté extrañada. “Bueno, alguna vez hemos venido los hijos para reunirnos, o para dar una vuelta por si había pasado algo”. “Ah… Me sorprende, es que alguna vez he escuchado ruidos, y creía que sí que vivía gente” —por un momento me sentí como una reportera de Equipo de Investigación—. “Venía por curiosidad, para saber cuánto más o menos van a estar”. Me dijo que esta tarde y mañana. Cuando me di la vuelta, dos hombres y un joven volvían a recoger más cajas. Podía ser cualquiera de ellos. “¿Perdona, me dejas?”, le dije al pequeño, que se había parado justo enfrente de mi puerta. “¡Pero cómo no te va a dejar, si es tu casa!”, gritó haciéndose el simpático el mediano. Creo que era él. Qué horror. Todo lo que había pensado hacer por la tarde en el piso se fue al traste… Busqué cuál era la sesión de El hilo invisible que comenzaba antes, compré la entrada y me marché, con la esperanza de regresar cuando ya se hubieran marchado.

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