Casquería

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En el Mercado de Guadalajara

Desde la ventana del cercanías observo el paisaje del corredor del Henares, bajo un cielo ceniciento que augura tarde lluviosa. En las estaciones, se suceden graffitis de colores antipáticos, huellas en el territorio como las firmas en las puertas de los baños de las gasolineras o el orín de los perros sobre el tronco los árboles. Llego por fin a Guadalajara. De camino a la facultad, dejo atrás locales en cuyos letreros se aprecia la tendencia a bautizar de acuerdo a los nombres de las propietarias, o de la mujer o de las hijas del dueño. Bar Diana, Peluquería Raquel, Droguería Mabel. “Voy anca Fulanita”, se decía en los pueblos. Quizá esos lugares renunciaron al esfuerzo por nombrar de modo original a resultas de los usos de los clientes. Paso delante de uno, llamado La mansión de los golosos; parece cerrado y apenas se ve el interior por las cortinas. Me asomo, con el fin de disipar la duda acerca de si se trata de una pastelería o de un prostíbulo. Sale un hombre. “¡Pasa, pasa, ven y pruebas las magdalenas recién hechas!”. Rehúso el ofrecimiento y entro en una cafetería. Se trata de una de las cafeterías más cutres en las que he estado jamás. En la televisión, un programa matinal que enseña remedios para el mal aliento. En la barra, un par de hombres masticando con la boca abierta y hablando de jabalíes. Saco de mi carpeta uno de los artículos que leeremos en clase, “La realidad española” (1911), de Azorín. Todo es a veces tan desalentador.

Pequeño jardín de sueños vanos

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Tarde de monotonía en la Hemeroteca. Siempre, JazzFM de fondo en los auriculares; a menudo, estudiantes de periodismo para los que el microfilm es un objeto de la Prehistoria; de vez en cuando, jubilados curiosos consultando periódicos de la Guerra Civil; hombres apuestos y elegantes, nunca. Hoy se me ha hecho un poco tarde para el descanso en el Café Conde Duque y he acudido allí cuando la telenovela ya había acabado; en su lugar, el plasma mostraba a un presentador que se esforzaba en pegar botes y a animar a un público envejecido.

 

*mi pequeño jardín de sueños vanos es un verso de Carlos Pujol (en “Como era obligatorio ser sublime…”, de Vidas de los poetas).

Juan Belmonte

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Juan Belmonte visto por Julio Romero de Torres

Anoche perdí la noción del tiempo gracias a la prosa envolvente de Manuel Chaves Nogales. La lectura de Juan Belmonte, matador de toros, es un momento de feliz pausa literaria. Chaves Nogales acertó al construir la historia de alguien empujado por la vocación, que consiguió labrar una carrera de altibajos y glorias pese a partir de un entorno familiar disfuncional. Belmonte creyó en lo que hacía y en cómo lo hacía —se diferenció del resto de los toreros y e incluso inició un nuevo estilo—. Coleccionó un catálogo internacional de cuitas amorosas, protagonizó una época en la que el toreo era un auténtico fenómeno social, y, ante todo, reconoció sus anhelos y sus fracasos. Es en esto último donde reside el mérito del libro: MCN logra que empaticemos con Belmonte porque antepone su magnética personalidad a cuestiones profesionales. Porque nos narra el relato del hombre y vemos en él nuestra vulnerabilidad.

“No hay manera de transmitir emoción al espectador si uno mismo no la siente” Chaves Nogales.

Afrontar el No

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Dedicarse a un campo en el que los proyectos están sometidos a la evaluación ajena, de la cual depende su realización o no, provoca que termines construyendo una barrera que frene las ilusiones, y que llegues incluso a dar por hecho el No antes que cualquier atisbo de posibilidad. Pero esta es solo la teoría. Es inevitable abrir, aunque sea ligeramente, los toriles de las emociones y caer en la tentación de imaginarte con el Sí —de lo contrario, ¿qué movería a la voluntad?–.

A mí ayer me dijeron que No y no pude evitar caer en el desánimo. Procuré seguir con la rutina, alentada por los ánimos de mi entorno, y después de pasar la tarde en la Hemeroteca, acudí a la Alberti para recoger Reflexiones y máximas de Vauvenargues, traducidas por Manuel Machado. Abro el libro al azar y leo: “Quien sabe sufrirlo todo, puede atreverse a todo”.

A las nueve debía estar en un local de Lavapiés –fiesta de despedida de mi amiga C.– y, como aún quedaba media hora, fui andando hasta allí. Volví a pasar enfrente del Edificio Ocaso, diseñado por Juan Paz de la Torre, y me detuve unos minutos para contemplar su belleza iluminada (disculpad la mala calidad de la fotografía), pues el contraste del color ladrillo con el blanco me reconforta.

Cuando llegué, mi amiga aún no se encontraba allí, así que esperé en la puerta, al lado de un hombre que me pareció guapísimo, y que también estaba esperando. Me empecé a impacientar, no sé si por que no veía a C. o porque me apetecía entablar conversación con él. Un rato después, llegaron C. y más gente, que me presentó y cuyos nombres olvidé a los pocos segundos. Y también me introdujo al compañero de espera. Pasaron al bar y los dos nos quedamos los últimos para pasar. Posé mi mano en el picaporte para sujetar la puerta de entrada y él, que iba detrás, puso la suya encima de la mía.

— ¿Cuántas lleváis? —preguntó el camarero, cuando pedimos un par de copas más. — Es por hacer la cuenta —añadió ante nuestra cara de desconcierto.

— ¿Nos lo ha dicho porque considera que ya vamos lo suficientemente borrachos? —le dije a V.

— No, será por hacer la cuenta…

Nos despedimos de C. y de los demás, y propuso acompañarme hasta el metro, gesto que le agradecí —por la caballerosidad y porque estaba desorientada—. “Me gustaría verte de nuevo”. Me apoyé en la pared —me empezaba a marear— y suspiré. Hoy me he levantado tardísimo.

La brecha II

“Así viven, pobres y miserables, los labradores de la meseta. El medio hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros moradores de España, mientras el medio no se unifique. Porque no podrán pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de aguas para regar sus campos y cultivan intensamente sus tierras, y tienen comunicaciones fáciles y casas limpias y cómodas, y otros hombres melancólicos que viven en llanuras áridas, sin caminos, sin árboles, sin casas confortables, sin alimentación sana y copiosa…” Azorín en El Globo (10/II/1903).

Comparto esta cita de Azorín al hilo de lo que comentaba anoche. Sigo pensando en algunas de las escenas interpretadas por Brooklynn Prince en The Florida Project, como la vez en que va con sus dos amigos a pedir dinero a unos turistas con el fin de comprar un solo cono de helado y compartirlo entre los tres, las tardes en las que acompañaba a su madre a vender imitaciones de perfumes, el momento en que descubre a un cliente de su madre orinar mientras ella aguarda en el baño a que termine la función, o el modo en que cena pizza en la cama. Cuántos niños habrá así fuera de las pantallas.

La brecha

Esta tarde he visto una escena que me ha partido el alma: un muchacho adolescente se ha subido al metro, portando una pesada bici y una mochila enorme, en la cual figuraba el logo de una de las compañías de transporte de comida a domicilio. A su lado, un grupo de chavales de su misma edad jugaba con los móviles. No es justo que ese chico deba realizar ese trabajo —además, de una precariedad sonrojante para cualquier Estado que se presuma desarrollado—, en lugar de hacer las tareas de clase o, simplemente, jugar. Esa escena ha sido el preámbulo de la película que ha rematado el día de hoy, The Florida Project. Una niña, que vive en los suburbios de DisneyLand, pasa las horas en un entorno hostil, desestructurado, terrible. Y lo peor es que es feliz en su inocencia.

La ligereza del hierro

 

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“Sin pasión no hay vida”

Es un gozo comprobar que las horas de sol nos van dejando, cada día más, unas tardes apacibles y la posibilidad de pasear con luz natural hasta casi el momento de la cena. Parece que le entran a uno ganas de llevar a cabo más tareas, de visitar más sitios, y todo ello acompañado de una agradable sensación de bienestar —se dice que los países nórdicos acumulan tasas elevadas de suicidio y los ciudadanos son propensos a sufrir depresión precisamente porque no disfrutan de tanta cantidad de tardes de esta índole—. Así que hoy, al salir, me he dirigido hacia la calle Orfila, donde se encuentra la Galería Marlborough. Desde la semana pasada se puede ver la muestra “Martín Chirino en su Finisterre”, que comprende un conjunto de doce piezas esculpidas, en su mayoría, con hierro forjado. Chirino es capaz de mostrarnos una cualidad contraria a ese material: la ligereza.  Ráfagas de la corriente representadas a través de lo que el escultor llama aeróvoros, y pinceladas de viento que parecen estar a punto de balancearse arbitrariamente. Pretendía tomarme, después, un té frío de jazmín y chocolate en el Cacao Sampaka, pero en la tienda el dependiente me ha informado de que han cerrado la cafetería. Tengo cariño a ese sitio, pues solía ir con frecuencia cuando mi amiga M. vivía aquí. ¿Abrirán la terraza en verano? La cosa apunta a que no…

De regreso al metro, un hombre repartiendo papeles me ha tendido uno:

               Maestro Musa. Gran Ilustre Vidente Africano con Rapidez, Eficacia y Garantía. Experiencia en todos los campo de alta magia, soluciona cualquier tipo de problema por difícil que sea. Protección contra el mal. Si quiere conseguir una nueva vida y todo lo que le preocupa, llame usted.

Estos anuncios recuerdan a la publicidad de los periódicos del siglo XX, que me parece graciosísima. Polvos mágicos, dentífricos milagrosos, mejunjes inverosímiles… A la zaga de vulnerabilidad y desconocimiento.