La ligereza del hierro

 

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“Sin pasión no hay vida”

Es un gozo comprobar que las horas de sol nos van dejando, cada día más, unas tardes apacibles y la posibilidad de pasear con luz natural hasta casi el momento de la cena. Parece que le entran a uno ganas de llevar a cabo más tareas, de visitar más sitios, y todo ello acompañado de una agradable sensación de bienestar —se dice que los países nórdicos acumulan tasas elevadas de suicidio y los ciudadanos son propensos a sufrir depresión precisamente porque no disfrutan de tanta cantidad de tardes de esta índole—. Así que hoy, al salir, me he dirigido hacia la calle Orfila, donde se encuentra la Galería Marlborough. Desde la semana pasada se puede ver la muestra “Martín Chirino en su Finisterre”, que comprende un conjunto de doce piezas esculpidas, en su mayoría, con hierro forjado. Chirino es capaz de mostrarnos una cualidad contraria a ese material: la ligereza.  Ráfagas de la corriente representadas a través de lo que el escultor llama aeróvoros, y pinceladas de viento que parecen estar a punto de balancearse arbitrariamente. Pretendía tomarme, después, un té frío de jazmín y chocolate en el Cacao Sampaka, pero en la tienda el dependiente me ha informado de que han cerrado la cafetería. Tengo cariño a ese sitio, pues solía ir con frecuencia cuando mi amiga M. vivía aquí. ¿Abrirán la terraza en verano? La cosa apunta a que no…

De regreso al metro, un hombre repartiendo papeles me ha tendido uno:

               Maestro Musa. Gran Ilustre Vidente Africano con Rapidez, Eficacia y Garantía. Experiencia en todos los campo de alta magia, soluciona cualquier tipo de problema por difícil que sea. Protección contra el mal. Si quiere conseguir una nueva vida y todo lo que le preocupa, llame usted.

Estos anuncios recuerdan a la publicidad de los periódicos del siglo XX, que me parece graciosísima. Polvos mágicos, dentífricos milagrosos, mejunjes inverosímiles… A la zaga de vulnerabilidad y desconocimiento.

Viajes arquitectónicos

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He disfrutado mucho de la crónica Queríamos un Calatrava, del periodista catalán Llàtzer Moix. El subtítulo “Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio” sintetiza muy bien el sentido de un libro dedicado a Santiago Calatrava. De los testimonios que recaba Moix, a través de los cuales construye un relato del arquitecto valenciano, se vislumbra una basculación entre la personalidad seductora de Calatrava a la hora de firmar el contrato y el aborrecimiento por parte de políticos y contribuyentes de la obra finalizada. Si hablamos de arquitectos contemporáneos “estrella”, a mí me gustan mucho más Renzo Piano —me quedé asombrada el pasado verano al contemplar la belleza de la Fundación Botín, cuyo edificio diseñó él, por poner solo un ejemplo–, Oscar Niemeyer o Norman Foster —por cierto, rival de Calatrava, y sus rencillas, todas por parte del español, se explican en el libro—, pero es innegable el mérito de Santiago Calatrava y de su estudio. El Puente de la Constitución de Venecia, desde una vista aérea, es impresionante, y su ligereza es prodigiosa. Pero no su funcionalidad. El puente conecta una estación de tren con una de autobuses, de manera que es de esperar que los viandantes porten maletas. No está adaptado para los minusválidos, la longitud de los escalones es irregular, y la superficie es de vidrio, con lo cual no es difícil resbalarse (ocurre igual en el puente Zubi Zuri de Bilbao). Una de las causas del repudio ha sido el sobrecoste de las obras. Moix aporta cifras y son espectaculares. Cuando el periodista habla de esos presupuestos, casi sin límites, traza también un periodo, conocido como la burbuja inmobiliaria, en el que una constelación de políticos y empresarios saqueó los fondos que, si se hubieran destinado a otros fines, no estaríamos hablando hoy de edificios deslucidos y con goteras, metáforas de la España posboom inmobiliario.

Debate

Debate

 

Esta mañana ha tenido lugar en el CCHS-CSIC la tercera sesión de los Debates en la incertidumbre, interesantísima actividad impulsada por Julio Pérez Díaz que esta mañana he tenido el placer de presentar. Hemos conversado sobre los significados del término posverdad, sobre Internet, sobre la política y las emociones y, en último lugar, sobre el periodismo. Participantes estupendos, argumentos bien presentados y un ambiente genial.

Vida privada

Había un nutrido grupo de niños y algunos de sus padres en la puerta del colegio por el que paso cada mañana. A juzgar por sus mochilas y lo ilusionados que estaban, hoy tenían programada una excursión. He tenido que cruzar el tumulto, y en el epicentro he escuchado a uno de los padres consolar –o todo lo contrario– al único que lloraba: “Hijo, de verdad, que no es el fin del mundo”.  Pero lo que más me ha impactado ha sido la imagen de uno de los niños, apartado de los corrillos, con una baraja de cartas en la mano. Era rubio, con el pelo un poco largo, la tez palidísima y una mirada inquieta. He sentido un pinchazo de dolor en el corazón. Espero que sea fuerte.

Esta mañana he estado leyendo el informe “Europe online: an experience driven by advertising” (muchas gracias a M. por enviármelo). De las conclusiones que aparecen, extraigo esta: hay una preferencia de los usuarios de Internet por los contenidos gratuitos, sin importar que su consulta permita el acceso a los datos de navegación. Hay mucha información sobre el tema del “big data”, y la mayoría parte de la premisa de que se invade nuestra vida privada –y es cierto–. Pero esa idea imbrica también la conciencia de la exposición de la vida privada como algo negativo. Se dicen frases como “las redes sociales han acabado con nuestra privacidad”. Tal vez lo que ocurre es que la vida privada ha dejado de ser un valor, como en su día lo fue y después dejó de serlo –para amplias capas sociales—la virginidad. Otra cosa es, naturalmente, la vida íntima, que muy poca gente tiene, como dijo Pániker, y que es imprescindible para, entre otras razones, tener ordenados nuestros afectos.

Cuesta creer que hayamos terminado así, si es que se puede afirmar que empezamos algo. “Porque está en silencio. Está en silencio en virtud de que no contiene nada tuyo” (William Carlos Williams). He perdido la voluntad de amar.