Granada (I)

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Paseo de los Tristes (27/I/2018, 8’05 h)

El autobús es un espacio social en movimiento en el que es posible mostrar lo mejor –la ilusión por llegar al destino– y lo peor de nosotros mismos –las molestias por las pantallas de los móviles, las piernas inquietas del ocupante del asiento detrás, el mareo…–. Escribiendo estas líneas se me ocurren muchos más aspectos negativos que positivos sobre ese medio de transporte, pero era el único disponible para viajar hasta Granada, donde he pasado el fin de semana. Subí al bus, de dos plantas –me asignaron un asiento en la primera fila de la segunda–, con una mezcla de curiosidad y preocupación por conocer quién me tocaría al lado para las cinco horas por venir recorriendo la Autovía del Sur. El compañero resultó ser un chico joven muy servicial, que respondía las gracias con “muchas de nadas” y que escribía en el móvil con una velocidad de vértigo. Abandonar Madrid en esa posición contemplando la carretera casi vacía y las luces, que parecían pequeñas estrellas, fue una experiencia muy agradable, pese al sueño que me iba cerrando los ojos. Pero el momento más mágico estuvo protagonizado por un anciano y su hijo, que se quedaron a los pies del bus hasta que el conductor anunció la partida. El hombre se subió, y precisamente le tocó en la misma fila horizontal que a mí, de manera que pude contemplar la escena en la que se despedían; el hijo agitaba el brazo, y hubo un último momento en el que se colocó la mano en la boca y volvió a mover el brazo, como lanzándole un beso. Cuando entramos en el túnel de salida, al padre se le escapó una lágrima.

Aunque me cuesta mucho dormir en el bus, me afané por realizar las respiraciones de relajación que me enseñó mi profesora de yoga, y seguramente antes de pasar por Aranjuez ya me encontraba dormida. Llegamos a Granada a las 6’30 h, una hora bisagra y mucho más un viernes: había quienes se estaban despertando y otros, bastantes adolescentes, volvían a sus casas después de una noche de fiesta, algunos de ellos discutiendo y otras pisando con dificultad las piedras de las calles con sus tacones. Cojo un taxi para llegar al hotel, y el taxista me empieza a dar conversación. Se sorprende de que haya venido yo sola, e insiste en si tengo familia o conocidos allí. No llevo ni una hora en la ciudad y ya me están pidiendo explicaciones. Toreo la situación con sonrisas fingidas, con la esperanza de no tener que permanecer mucho tiempo más allí, no solo por lo que decía sino por cómo lo decía, pues su acento era bastante cerrado. “¿Sabe si hay cafeterías abiertas a estas horas?”, le pregunto. “¿Ahora? Todas las que quieras”. Me deja por fin en la puerta del hotel, deseándome una buena estancia en su ciudad, y al poner en el suelo la maleta dice: “No pierdas nunca tu simpatía”.

Salgo hacia el centro, pues aún me quedan unas horas hasta el tour por el centro que reservé. No encuentro ni una cafetería abierta. Me dirijo hasta el Paseo de los Tristes, y conforme subo la cuesta, sin nadie en la calle y con los sonidos del agua del río Darro y del trino de los pájaros de fondo, se va haciendo de día. Paso también por el Palacio de los Olvidados. Los tristes, los olvidados… Espero que el puente no se llame “de los Suicidas”.

Bajo otra vez hacia la avenida de los Reyes Católicos y, por fin, una cafetería abierta. Cafetería Lisboa. ¡Pero no tenían pasteles de nata! En fin, me pido un desayuno y consigo sentarme en una mesa —está atestado de extranjeros alojados en los hoteles de alrededor—. Vuelvo a darme otro paseo. Las tiendas no están abiertas aún y apenas hay transeúntes. Anhelaba el calor de un Zara, pero a esas horas solamente podía andar y andar sin ningún rumbo. Acaso lo de todos los días.

Y llegaron por fin las 10’00 h. Un chico y una chica, con sendas acreditaciones de la Junta de Andalucía, nos esperaban para identificarnos e iniciar el tour por la ciudad.

[continuará…]

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