Mañana de sábado

conejito

Él tenía prisa.

Los refranes españoles, salvo los que hablan del tiempo y de las mujeres —los primeros por el cambio climático y los segundos por machismo—, suelen ser muy pertinentes. “Más vale lo malo conocido…” pensé esta mañana, cuando probé suerte en un nuevo centro de estética. Tenía cita a las 11:30 y, al entrar, la encargada me mira sorprendida y aduce que “no le sale la hora en la aplicación”. Si no hubiera abonado el importe por esa eficiente aplicación, a buen seguro habría abandonado el lugar para regresar, como el hijo pródigo, a donde me hacen habitualmente la manicura.

“Te puedo dar hora para la una y media o para las dos”. La una y media, qué remedio, mientras alucino ante la situación. Tenía por delante dos horas y media, y no podía regresar al piso porque había estado limpiando y el suelo con total seguridad seguiría húmedo —en un diario no siempre se puede estar hablando de los grandes temas de la humanidad, permitidme que esta vez haga un reconocimiento a la lejía, el estropajo y la fregona—.

Me meto por la calle Alcántara. Es una hora complicada: tarde para un café y pronto para un refresco o cerveza, así que continúo paseando. Me detengo en el escaparate de una tienda de soldaditos y figuras militares verdaderamente curiosa. Paso a la tienda y me sorprende ver que el encargado es un hombre guapísimo, cuando en un local de esa índole uno esperaría ser atendido por quizás un anciano con gafas. “¿Buscabas algo en concreto?”. “Hace años que dejé de buscar”, me hubiera gustado responderle, pero me limité a decir que solo quería echar una ojeada a los expositores. Me detengo en una colección dedicada a Charles Dickens y a su literatura. ¡El viejo Ebenezer Scrooge, de Cuento de Navidad! Se vuelve a acercar el hombre y me pregunta que si me interesa el mundo de las figuritas coleccionables. Le digo que me parece muy interesante y curioso —típica respuesta genérica para no evidenciar que no tienes ni idea de ese mundo y que lo interesante en ese momento es el interlocutor—. Me hace un breve tour por la tienda, explicando los criterios de ordenación de las figuras. Temiendo que no se notara que no tenía nada que hacer y sin ánimo de hacer perder el tiempo al hombre, me despido y retomo mi paseo.

Descubro un centro de estética hindú, donde ofrecen depilación de cejas con hilo, técnica con la que me las arreglan desde hace años. No es fácil encontrar un sitio donde no rompan el hilo a los tres segundos, así que paso para pedir cita y probar —otro refrán: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”—. Me invita a sentarme en uno de los sillones, gesto que agradezco enormemente. Estaba tan cómoda que le he preguntado si tenía cita para antes de la una y cuarto, y me ha dicho que sí. Lo ha hecho muy bien, y además me ha dado un masaje en la frente. Hay un momento en que sientes que le gustas a quien te da un masaje… Vuelvo hacia la calle Ortega y Gasset y entro en un bar. “Vamos a coger al Puigdemont ese y ya verás lo que vamos a hacer con él”, escucho mientras me siento. Bajo al baño: en una puerta, H; en otra “M”. ¿Hombre/mujer? ¿Hembra/macho? Se está poniendo el debate sobre el sexo y el género de un talante que uno ya no sabe qué pensar… Probablemente, en unos años solo exista un aseo, y será pansexual.

Y por fin llegan las 13:30… Con bastante asepsia pongo las manos sobre la mesa, y al menos la manicura queda bien. Después de todo, ha sido una mañana agradable.

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