Trolls de los libros

al margen comentario

En algunos casos, leer los comentarios al margen de ciertos libros puede tener su gracia. Suelen oscilar entre la glosa, la crítica perspicaz y el halago. Son frecuentes los signos de interrogación y las exclamaciones. Pero es un ejercicio divertido siempre y cuando la propiedad sea privada. Ocurre demasiadas veces que uno ha de consultar un libro de la biblioteca y se encuentra con lecturas anónimas de nulo interés, aunque quizá dentro de unos siglos se trate de un objeto de estudio dignísimo –con los derroteros de los Cultural Studies y el precedente de las glosas Emilianenses y Silenses no me extrañaría–. Esta mañana he leído al lado de un fragmento de Clement Rossel la acusación “lógica absurda”, y el otro día en Literatura y cultura de masas: estudio de la novela subliteraria, de José María Díez Borque [ver foto] vi que alguien consideraba a propósito de una de las ideas desarrolladas en la monografía: “Esto es + viejo q la tos. Aristóteles”. Al primero le diría: pues propón tú otra, si puedes; al segundo, ¿y qué?

Hay un fragmento bellísimo en Cuidados paliativos, de José Antonio Llera, libro que disfruté mucho, en el que reflexiona sobre la manera de tachar de los escritores:

cuidados

                En los manuscritos autógrafos me detengo a observar la forma en que tacha el escritor. Considero que dice mucho de él y de su obra, como una enraizada metonimia, como un símbolo inevitable. Pathos y ethos. Existe el escritor que tacha con una serie continua de rayas horizontales y verticales, a modo de celosía, como si pretendiera que lo borrado, pese a todo, pudiera respirar. Tenemos también al escritor que usa una línea en espiral, acaso para ahogar en la alambrada de espinos las palabras. En esta clasificación encuentra sitio también el indeciso, aquel que utiliza solo una línea encima del vocablo descartado. Y está quien descarga sobre el texto, aspas, crucifixiones, o una masa impenetrable de negros nubarrones, que aproximan su arte a la maldición, la herejía o el resentimiento. Habría que elaborar un listado preciso, medir tamaños, formas y relieves, p. 20.

Desde hace tiempo, en cada lectura uso un lapicero con una mitad azul y otra roja. El color va en función del impacto que cause un fragmento determinado o algún dato objetivo. No soy bibliófila, y no me parece mal que se pinte en los libros –desde luego, es la prueba más evidente de que se han leído–, pero, como decía al inicio, lanzar ofensas desde el anonimato en libros públicos es una falta de respeto tanto por esos bienes compartidos como por los autores. El tema de los trolls no es nada nuevo: esos lectores ya lo eran. Y siguen existiendo.

2 pensamientos en “Trolls de los libros

  1. Los libros de las bibliotecas y los que nos prestan otras personas merecen el máximo cuidado. Ni siquiera el uso del lápiz permite excepción alguna. Quien devuelve un libro que ha sido tomado en préstamo con anotaciones en los márgenes, tachones o incluso páginas arrancadas está demostrando de modo explícito una personalidad violenta.

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    • Efectivamente. El lápiz se puede borrar, pero el papel no volverá a su estado genuino. No diría tanto personalidad violenta como potencialmente violenta; en cualquier caso, es una prueba más de que España aún no es un país maduro para afrontar iniciativas que en otros países llevan años desarrollándose –basadas en el respeto al prójimo y en el sentido de pertenencia a una comunidad–.

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