La La Land

la la land

Ver ciertas películas en determinadas situaciones personales es un acto que entraña una función balsámica –o todo lo contrario–, por lo que cuentan y los finales de los personajes. Sobre la proyección de los sentimientos en las obras se ha escrito mucho, e incluso existe el término letraherido. Tenía de fondo esta mañana la banda sonora de La La Land, cinta que no he vuelto a ver desde un memorable domingo primaveral, meses después de su estreno. Posponía intencionadamente la visita al cine porque asociaba el film a X, que me propuso ir a verla cuando la anunciaron. Pero en el ínterin conocí a D., y aunque vimos algunas —no emocionalmente comprometidas, como suele ser habitual en los primeros compases de una historia de amor— juntos, nunca propusimos esa. Unos días después, domingo, decía, cuando llegó el desencanto, pasé un rato en la Plaza de España leyendo unos poemas de Gil de Biedma para recuperarme y acudí, con cierto escepticismo, a ver por fin La La Land. Iba a destacar que no paré de llorar en toda la proyección, pero no me gustaría hacer de la cantidad de agua por milímetro cúbico un criterio de valoración de una obra. De manera que me apetece mucho verla, pero recuerdo aquel verso de Félix Grande “no vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, que funciona también con las películas…

Is this the start of something wonderful and new?
Or one more dream that I cannot make true?

City of Stars

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