Calendarios

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Nuevo calendario, cortesía de la Librería Rafael Alberti

Cuando ayer recogí el calendario del año pasado me acordé de estas palabras de Manuel Machado, transcritas por Leoncio López-Cabrera en su blog:

De pared, de bolsillo, de mesa..Y no es el reloj. Es algo semejante… como es semejante un mortero del 42 a una pobre carabina de salón. Es un simple libro; sin embargo, el más vulgar, el más interesante, el más conocido, el más misterioso, el más terrible, el más banal, el más modesto y el más importante de todos los libros: el calendario.

Lo he quitado de la mesa y he puesto el nuevo. Pero, ¿dónde dejar el otro? Habrá que tirarlo a la basura, para que desaparezca y eliminar cualquier indicio de síndrome de Diógenes, y corroborar así que no existe el pasado. Y quizá tampoco el futuro.

Esta tarde he ido a la Biblioteca José Hierro, pues pese a que se ha llevado a cabo una remodelación del sistema bibliotecario madrileño, aún no han anunciado —si es que lo piensan impulsar— el préstamo interbibliotecario. Solo en esa, según el catálogo en línea, se encontraba disponible el libro que pretendía sacar. Pero, al llegar allí, me informa la bibliotecaria, con una lástima fingida, de que “está en la otra José Hierro, en Usera”. ¿No podían haber consultado uno de los manuales de literatura para escoger otro nombre de poeta? Será que no hay. En fin, compraré el libro, pues si la José Hierro I me queda lejos, la II aún más.

A la vuelta, he compartido vagón con un muchacho que iba leyendo un libro. Es lo que tiene la periferia: por la tarde, en el trayecto de ida el metro está desbordado; en el de vuelta, apenas hay gente. He probado una napolitana de chocolate que he comprado en una pastelería que, a juzgar por los elementos extraharinarios parecía buena (fundación a principios de los 90, letrero de “elaboración propia”, concurrida, etc.). Aunque ya casi no hay pastelerías como las de antes. En fin, no sabía mal. El chico alimentaba su alma y yo mi cuerpo.

Y por fin he visto al dependiente del SuperCor. Me ha sonreído mientras me miraba a los ojos, y me ha dicho: “Son 7’50”.

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