Vuelta a Madrid

Conforme me acercaba a la puerta del bloque donde vivo, distinguía con más claridad el sonido de una gaita. La melodía era enérgica, casi marcial. ¡No esperaba este recibimiento!

Hasta hace unos minutos la he seguido escuchando. El hombre estaba de pie, frente a la cafetería que hay al lado de mi portal, resistiendo al frío mientras tocaba el instrumento. En mi buzón, una carta. La ilusión ha durado segundos (hasta que he visto el logotipo de Iberdrola). Ah, y las Páginas Amarillas, envío totalmente innecesario.

Después de deshacer la maleta, he ido al supermercado a por víveres, con la esperanza de reencontrarme con el dependiente guapo. No sé ni cómo se llama, pero siempre me sonríe y me mete las cosas en la bolsa —sí, ya sé que en el sector servicios no figura explícitamente en el contrato que hay que ser amables con los clientes, y que se sobreentiende, pero no todos los dependientes de ese SuperCor hacen eso—. Ya le dejé claro en Navidad, cuando le dije que agradecía que hubieran traído panettones individuales, que estaba soltera. En fin, ya habrá otra ocasión.

Me he dado un breve paseo por la calle, y además he podido presenciar un rescate. Dos bomberos se han subido a un balcón, ante la mirada atenta de un grupo de curiosos. Yo estaba con las manos cruzadas en la espalda (me he recordado a un jubilado), esperando que derribaran la puerta de una patada. Pero no: la han abierto con unos destornilladores, con cierta parsimonia —para las expectativas que me había creado de la situación—. Una vez dentro, han cerrado la puerta. He bajado la calle un poco más y, al subir, seguían allí. Cuando he atravesado la zona me he encontrado con una mujer, tumbada —absolutamente desconcertada y asustada— en una camilla, a la que el personal de emergencias llevaba hacia la ambulancia.

Iba escuchando en mi iPod la canción, triste pero muy bonita, “Palermo no es Hollywood” (Leiva), y pensando en las palabras que C. me había escrito esta mañana —me he pasado el trayecto hacia Madrid dándole vueltas a cómo se puede consolar a alguien no creyente cuando ha fallecido un ser querido, y aún sigo buscando la respuesta—. Así que ha sido una escena algo impactante, acaso una advertencia de que la vida se apagará en cualquier momento.

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