Walker Evans

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Mi querido C. me envía este recuerdo del Centre Pompidou. Se trata de un cuaderno cuya cubierta tiene el sistema del marco de fotos, de manera que es posible insertar la postal que se desee. C. me lo ha regalado con una reproducción de una fotografía de Walker Evans, en la que retrató a un granjero de Alabama. Evans fue un fotógrafo que encontró la verdad de lo cotidiano, pues ahí es donde reside lo auténtico de cada uno. Este hombre, cuyo nombre desconocemos y que bien podría pasar por un actor de Hollywood de los años 50, nos mira triste, quizá defraudado e impotente por la América que le tocó vivir, la de la Gran Depresión. Pero ahí está con su uniforme de granjero, pensando que, al fin y al cabo, lo importante es seguir. Gracias a trabajadores como él, personas que no figuran en los manuales de Historia, los países salen adelante. La grandeza de Evans consistió en hacer visible lo inadvertido y en conferir a sus protagonistas la dignidad que se merecían.

Objetos

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La tónica de hoy ha girado en torno al encuentro casual de objetos. Por la mañana, un par de hojas finísimas se escondían entre las páginas de La ciudad automática, de Julio Camba. En ellas alguien vertió el texto de Camba “El hotel” al inglés. El papel amarillento ha absorbido algunos trazos de la tinta azul, pero la caligrafía no es enrevesada y se pueden leer con relativa claridad las palabras. Es bonita la imagen de un inglés traduciendo con esmero a Camba, sentado en uno de los pupitres escondidos de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás, y descubriendo asombrado y curioso las consideraciones que el periodista hizo de su cultura (hay un texto buenísimo llamado “La conversación”, de Aventuras de una peseta, en el que establece unas diferencias entre el arte de conversar inglés y el español). Ya de noche, de camino a la presentación del libro de un amigo, me he encontrado con esta caja. Había leído sobre esta iniciativa —me parece que también hay una versión que consiste en dejar un ejemplar en un banco— pero nunca había visto esto. ¿Vosotros lo usaríais?

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Alguien del público ha dicho que “Ángel González no se lee”. ¿? Todo lo contrario, le guste a uno más o menos. Las preguntas y comentarios de la concurrencia siempre son impredecibles. Al salir, me he dado un paseo por las calles aledañas a la Plaza del Ángel. La temperatura era muy agradable, pese a que cuando desbloqueaba el móvil Google me avisaba de que “se esperan lluvias para el jueves”. Mientras recorría la calle de la Cruz, en la que no para de transitar gente, especialmente turistas, he recordado un texto bellísimo de González Ruano titulado “Madrid de noche” (pertenece a su libro Madrid, entrevisto). En él habla de la intimidad de la noche de Madrid, cuando los vecinos desaparecen y se queda la ciudad sola. GR se sorprendería al ver la cantidad de personas que desde hace años transitan a las doce, a la una y a lo largo de toda la noche hasta la madrugada, sin parar.

Las virutas de Miguel D’Ors

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Es un pleonasmo decir que Miguel D’Ors es uno de los mejores poetas en lengua española. Vive alejado de Internet y no se prodiga en fastos literarios; sin embargo, gracias a la lectura de estos volúmenes es posible experimentar la sensación de que estás charlando con él alrededor de unas tazas de té, y en conversaciones de esa índole, si damos con un buen interlocutor, los contenidos se amplían de acuerdo a una feliz laxitud. D’Ors denomina a sus reflexiones virutas*, término que me encanta por las imágenes que evoca: el carpintero que talla un trozo de madera para realizar quizás un refinado mueble, o esas virutas que descansan en el vino para enmaderar su sabor. En ambos casos, la esencia se corresponde con la lenta y delicada elaboración de algo útil.  Estos abanicos de pensamientos son, al cabo, una actitud ante la vida, acaso una ética.

*(Cabe recordar que su su célebre abuelo Eugenio D’Ors llamó a sus artículos de prensa paliques, de manera que la costumbre de otorgar de personalidad propia a sus creaciones nominalmente parece venirle de familia).

D’Ors nos alerta, siguiendo la estela de Ramón y Cajal con sus Aforismos y charlas de café, y de Antonio Machado con Juan de Mairena, entre otros, sobre males de la sociedad. “Siempre he pensado que en la raíz de todos los nacionalismos hay, indefectiblemente, dos cosas: mitología y victimismo. Quizá habría que añadir una tercera: ignorancia” (Más virutas, p. 45). Desde luego, mitología, victimismo e ignorancia podrían considerarse los tres pilares de la sociedad actual, y no se circunscriben a los nacionalismos (hay que señalar que esa cita corresponde a las virutas escritas entre 2004 y 2009… y continúa, lamentablemente, vigente, a juzgar por cómo se ha desarrollado el conflicto catalán).

Al lector de poesía de D’Ors le encantará conocer las fases que atravesaron algunos poemas y las consideraciones sobre ellos del propio autor. Mención especial merece el caso de “Elogio de los oficios”, versión de un fragmento del Eclesiástico perteneciente a Sol de noviembre. MD explica por qué no anotó la fecha en la que lo escribió (pp. 71-72), y que justifica que se suela aludir a su cualidad de artesano. Pero las sorpresas no terminan aquí: ocurre que en el primer volumen adornan los textos las imágenes de grabados hechos por el propio Miguel D’Ors.

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La heterogeneidad en el tono es sin duda uno de los tantos atractivos principales de las virutas. MD pasa de la exégesis bíblica seria y trascendental a ironizar sobre asuntos corrientes. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro, hasta el punto de tener que dejar de leer porque las carcajadas eran notables. La recopilación de anécdotas de clase –ha sido durante muchos años profesor en la Universidad de Granada- es desternillante (por ejemplo, una alumna le preguntó por qué hay tantos poetas que se suicidan, a lo que MD contestó ingeniosamente que por qué hay tantos suicidas que son poetas; otra realizó un comentario de texto en el que equiparaba la piratería con una modalidad del turismo por aquello de surcar los mares, etc. ). Hay un pasaje graciosísimo en el que habla de la onomástica y de cómo en los últimos años se han dejado atrás nombres propios del santoral para dar paso a otros, como Libertad y Constitución. Y, como dice MD, luego suena raro emplear el don/doña. Estimada Constitución, me pongo en contacto con usted en relación a…

Hay también una serie de apuntes sobre temas filológicos. MD comenta interpretaciones de Russell P. Sebold, Rosa Navarro Durán y otros, y en los dos volúmenes reseña poemas o fragmentos de libros de la literatura española clásica y de poesía contemporánea (p.e. Exotismo y costumbrismo son nociones relativas y antitéticas. Mi exotismo es el costumbrismo de los japoneses, y viceversa: El Jarama o Tormenta de verano, ya no digo Pepita Jiménez, deben de ser lecturas deslumbrantes de colorido exótico para un habitante de Tokyo [I, p. 38]). La reflexión sobre el alma gallega a propósito poema “Adiós ríos, adios fontes…” de Rosalía de Castro (II, pp. 156-157) y la consideración sobre el éxito Quijote que me parecen dos de las virutas más extraordinarias. (I, pp. 110-111). Mención especial merece la nota sobre la canónica antología Rompiendo lo invisible. Cinco siglos de literatura pelirroja española (1500-2000), editado por el sello La Flor de la Zanahoria, cuyo fin es reivindicar la minoría pelirroja en la literatura.

Las virutas,  publicadas por la editorial sevillana Los Papeles del Sitio son, en definitiva, una seria y divertida recopilación, un feliz billete de ida al mundo de Miguel D’Ors, que es muy grato recorrer.

 

Voltaire / Rousseau

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Mi amigo D. ha venido a pasar unos días a Madrid, pues ha de participar en unas jornadas que celebra la Casa de Velázquez. Hemos visto Voltaire / Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, en el Teatro María Guerrero. Antes de entrar, me posicioné sin ambages por Jean-Jacques Rousseau. ¿Cómo puedo estar en contra de un hombre que llamó al ideal de mujer Sofía? Pero a medida que avanza la obra la simpatía por Voltaire aumenta, hasta el punto de que Rousseau parece un pelele al lado del gran filósofo francés (según la representación, mucho más guapo y charming). Es conocido que Rousseau tuvo una vida privada que a ojos del lector contemporáneo podría llamar la atención contrastada con lo que defendía que los demás tenían que hacer en sus escritos. Y la diatriba se orienta, precisamente, en esa incongruencia vida-obra, lo que a mi juicio me parece un error, pues una cosa es el texto y otra lo que el autor haga en su casa. Es un acierto por parte de Prévand estructurar la trama de acuerdo a la intriga que provoca la cuestión de la autoría del panfleto que ataca a Rousseau, que se resuelve al final de la obra. Una disputa, en fin, interesante, con dos actores estupendos: Josep Maria Flotats y Pere Ponce.

La La Land

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Ver ciertas películas en determinadas situaciones personales es un acto que entraña una función balsámica –o todo lo contrario–, por lo que cuentan y los finales de los personajes. Sobre la proyección de los sentimientos en las obras se ha escrito mucho, e incluso existe el término letraherido. Tenía de fondo esta mañana la banda sonora de La La Land, cinta que no he vuelto a ver desde un memorable domingo primaveral, meses después de su estreno. Posponía intencionadamente la visita al cine porque asociaba el film a X, que me propuso ir a verla cuando la anunciaron. Pero en el ínterin conocí a D., y aunque vimos algunas —no emocionalmente comprometidas, como suele ser habitual en los primeros compases de una historia de amor— juntos, nunca propusimos esa. Unos días después, domingo, decía, cuando llegó el desencanto, pasé un rato en la Plaza de España leyendo unos poemas de Gil de Biedma para recuperarme y acudí, con cierto escepticismo, a ver por fin La La Land. Iba a destacar que no paré de llorar en toda la proyección, pero no me gustaría hacer de la cantidad de agua por milímetro cúbico un criterio de valoración de una obra. De manera que me apetece mucho verla, pero recuerdo aquel verso de Félix Grande “no vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, que funciona también con las películas…

Is this the start of something wonderful and new?
Or one more dream that I cannot make true?

City of Stars

Rosales

Esta mañana he ido a la Biblioteca Manuel Alvar a dejar un libro y a coger Acaso una verdad, de Andrés Trapiello. Pero no se encontraba disponible en la sala de lectura; según una bibliotecaria, “estará mal colocado”. He estado delante de la estantería, buscando cuál me podría llevar, y me he fijado en que sobresalía uno en la parte de la “R”. Uno de Luis Rosales, uno de los poetas que más conectan con mi sensibilidad. Leer a Rosales me duele porque cada pieza suya es como una astilla que me he arrancado alguna vez. He abierto la antología al azar y… “El deshielo” (Rimas, 1951). Precisamente ese poema, hoy.

Viene el amor, viene el amor, y vives
dentro de un paraíso:
las palabras
no dicen nada: arden,
y la noche es igual que la mañana.
Hay solo un corazón que rige al mundo
y da correspondencias necesarias
a cuanto existe.
Miras
y es un acto de fe cada mirada.
La certidumbre de vivir te asombra
con su deslumbramiento y su diaria
revelación, y vives
la eternidad en cada
sílaba del amor, en cada cinta
de su sombrero azul y en cada tapia
donde se pone el sol, porque sabemos
que seguimos naciendo y que nos falta
tiempo para vivir.
Hasta que un día
vuelven al labio las palabras
puestas ya en pie; revelan
las diferencias esenciales,
andan
y arañan en la sangre;
hemos reunido
nuestra desolación pero no hay nada
que pueda reprocharse y no te culpo:
no hay culpas, hay distancias,
la misma intensidad que nos unía
se ha quemado tal vez y nos separa.
¿Quieres decirme si estoy vivo? ¿Puedes
decírmelo?
No basta
estar como un insecto entre tus brazos
con una vida ya cristalizada
dentro del hielo, ¿puedes
decirme si estoy vivo y si mañana,
cuando despunte el sol, se hará el deshielo
que desate mi cuerpo sobre el agua?

Últimamente no encuentro lo que busco en las bibliotecas (cfr. entrada sobre la José Hierro), pero experimentar sensaciones como las que provoca este texto prueban que no ha sido, pese a todo, un viaje en balde.

La idea de La Mancha

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El asno de Sancho

Los pueblos de La Mancha presentan un mapa onomástico en el que predominan los nombres relacionados con el Quijote. Desde la Mercería Cervantes hasta el Asador Sancho, pasando por la Librería Dulcinea y el Taller Mecánico Alonso Quijano, todo ello situado en la calle Rocinante, la avenida Don Quijote o la travesía Teresa Panza. Los letreros suelen tener una tipografía gótica, y los locales están decorados en tonos tierra, con piedras en las paredes y baldosas de barro para el suelo —sin embargo, la casas tradicionales manchegas raras veces se construían con fachadas de piedra: se enyesaban y se pintaba un zócalo azul—.

Esa tendencia a bautizar honrando la figura de Cervantes —si visitara algunos sitios, se sorprendería—, supongo que tendrá que ver con un afán por atraer turismo. Realmente, hay muy poco en esta zona, exceptuando las excursiones, relativamente frecuentes, que se organizan para visitar los molinos de Campo de Criptana y el pueblo de El Toboso. Pero, ¿por qué seguir apelando al Quijote de manera superficial, si ni siquiera se leen partes del libro en los institutos de CLM? ¿Por qué qué atraerlo manteniendo costumbres folclóricas, que en su práctica no son más que pretextos paganos para que los vecinos se diviertan?

Cuando atravieso estos municipios, con carreteras de escasísimo tráfico, siento cierta impotencia al pensar que LM se ha conformado con ser un escenario, una memoria en ruinas que, para algunos, ni siquiera será una realidad, o acaso la percibirán como un conglomerado de lugares pintorescos. “¡Así que todo esto existe realmente tal como lo hemos estudiado en el colegio!”, exclamarán algunos, como hizo Sigmund Freud cuando vio la Acrópolis de Atenas por primera vez.

 

*La cita de Freud aparece recogida en El tiempo en ruinas, de Marc Augé.