Granada (II)

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Nos dividimos en dos grupos. A mí me tocó uno muy variopinto, compuesto por una pareja de unos cuarenta años, dos mujeres mayores, un grupo de chicas adolescentes, una instagramer acompañada por un chico que le hacía fotos en todas las paradas, un hombre de Barcelona… y yo. “Es un honor para mí presentaros la ciudad en la que nací, en la que crecí, en la que estudié, en la que me casé y en la que por suerte me divorcié”, dijo el guía para presentarse, avalándose a sí mismo con su pedigrí regional. Algunos se rieron bastante con la última parte de su comentario. Nos llamaba “familia”, lo cual me pareció extraño al principio, pero mientras nos acercábamos al primer monumento histórico pensé que no debe de ser fácil encontrar una palabra para dirigirse a grupos tan heterogéneos. ¿Gente? ¿Chicos? Lo primero puede resultar despectivo o demasiado coloquial; lo segundo algo ridículo. Después de explicarnos los detalles de la estatua en honor a Isabel la Católica y a Cristóbal Colón, nos condujo al Corral del Carbón, cuya estructura me gustó particularmente: hay una parra que ejerce de toldo para en verano proporcionar sombra sobre su patio. Mientras nos dirigíamos a los sitios, la mujer de la pareja de unos cuarenta años no se despegaba del guía, con el fin de pedirle recomendaciones de eventos y restaurantes. “Nosotros somos maestros y tenemos un carnet con el que nos hacen descuentos en muchos sitios, ¿sirve aquí?”. “¿Dónde se puede ver un espectáculo de flamenco en el que no haya japoneses?”. “Cari, tenemos que ir al sitio que nos ha dicho”. Etcétera.

Una vez concluida la visita guiada, me fui a pasear por el mercado de artesanía, esquivando a las gitanas del romero y sus maldiciones. Actualmente, es posible encontrar en el Rastro, en el mercado de artesanía de Granada y en la feria de cualquier pueblo prácticamente la misma oferta: los típicos bolsos y mochilas de cuero, las pulserillas hippies y los pendientes de plata. Después de comer, marché al hotel a descansar un rato.

Con todo lo que hay por ver y paso la tarde en una tienda de decoración comprando cubiertos y velas… Salgo y empieza a chispear, así que me refugio en la Iglesia de San Antón. Lo más silenciosamente posible para no molestar a los que estaban escuchando la Eucaristía, contemplo las tallas. Parto hacia otra zona, pues en un rato comienza un concierto de jazz en un bar al que quiero asistir. Llego puntual a la puerta; me asomo por la ventana y veo que aún se encuentran montando los instrumentos los músicos, así que voy a otro sitio a tomar algo. El camarero me aconseja pedirme una ración entera de berenjenas con miel, porque “son verduras y eso es como el agua”, pero por suerte no le hago caso y la media ración resulta suficiente.

Vuelvo al bar: la luz de las velas es el único sistema de iluminación durante el concierto, aparte de los focos que realzan a los músicos. Me pido un Old Fashioned y el camarero me mira con cara de coma, de manera que tengo que recurrir al clásico vino. En el público solo hay parejas de jóvenes enamorados; quizá por eso tengo la impresión de que el trompetista se dirige únicamente a mí. Hubo un momento, al terminar una pieza, en el que se quitó suavemente la trompeta de la boca mientras me miraba con los ojos entrecerrados, y desde ese punto comencé a valorarle a él en lugar de a la melodía y al conjunto de músicos.

Cuando terminó el concierto, me acerqué a la barra para pagar la cuenta, y al darme la vuelta para regresar a la mesa me lo crucé. “Muchas gracias por venir, espero que te haya gustado”, me dijo. A lo que respondí que, naturalmente, sí. Se sentó en la silla que había enfrente de la mía, y me preguntó si era de allí, pues nunca me había visto. “¿Te vas a quedar mucho tiempo?”. “No, solo hasta mañana por la tarde”. “Ah, pues toma, te doy mi móvil por si te apetece que te enseñe algún sitio, qué mejor que lo haga un granadino de toda la vida (otro guía con denominación de origen, qué lujo…), o si te apetece tomar algo ahora, yo no tengo prisa”. Le dije que me disculpara, pero había dormido poco y al día siguiente tenía la visita a la Alhambra a las 8’30 de la mañana.

Ya en la cama, cogí el folleto turístico en el que R. —no recuerdo si se llamaba Roberto o Rodrigo— me apuntó su número. Lo rompí y tiré los pedazos a la papelera, pues no era a él a quien a esas horas me hubiera gustado llamar.

[continuará…]

Granada (I)

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Paseo de los Tristes (27/I/2018, 8’05 h)

El autobús es un espacio social en movimiento en el que es posible mostrar lo mejor –la ilusión por llegar al destino– y lo peor de nosotros mismos –las molestias por las pantallas de los móviles, las piernas inquietas del ocupante del asiento detrás, el mareo…–. Escribiendo estas líneas se me ocurren muchos más aspectos negativos que positivos sobre ese medio de transporte, pero era el único disponible para viajar hasta Granada, donde he pasado el fin de semana. Subí al bus, de dos plantas –me asignaron un asiento en la primera fila de la segunda–, con una mezcla de curiosidad y preocupación por conocer quién me tocaría al lado para las cinco horas por venir recorriendo la Autovía del Sur. El compañero resultó ser un chico joven muy servicial, que respondía las gracias con “muchas de nadas” y que escribía en el móvil con una velocidad de vértigo. Abandonar Madrid en esa posición contemplando la carretera casi vacía y las luces, que parecían pequeñas estrellas, fue una experiencia muy agradable, pese al sueño que me iba cerrando los ojos. Pero el momento más mágico estuvo protagonizado por un anciano y su hijo, que se quedaron a los pies del bus hasta que el conductor anunció la partida. El hombre se subió, y precisamente le tocó en la misma fila horizontal que a mí, de manera que pude contemplar la escena en la que se despedían; el hijo agitaba el brazo, y hubo un último momento en el que se colocó la mano en la boca y volvió a mover el brazo, como lanzándole un beso. Cuando entramos en el túnel de salida, al padre se le escapó una lágrima.

Aunque me cuesta mucho dormir en el bus, me afané por realizar las respiraciones de relajación que me enseñó mi profesora de yoga, y seguramente antes de pasar por Aranjuez ya me encontraba dormida. Llegamos a Granada a las 6’30 h, una hora bisagra y mucho más un viernes: había quienes se estaban despertando y otros, bastantes adolescentes, volvían a sus casas después de una noche de fiesta, algunos de ellos discutiendo y otras pisando con dificultad las piedras de las calles con sus tacones. Cojo un taxi para llegar al hotel, y el taxista me empieza a dar conversación. Se sorprende de que haya venido yo sola, e insiste en si tengo familia o conocidos allí. No llevo ni una hora en la ciudad y ya me están pidiendo explicaciones. Toreo la situación con sonrisas fingidas, con la esperanza de no tener que permanecer mucho tiempo más allí, no solo por lo que decía sino por cómo lo decía, pues su acento era bastante cerrado. “¿Sabe si hay cafeterías abiertas a estas horas?”, le pregunto. “¿Ahora? Todas las que quieras”. Me deja por fin en la puerta del hotel, deseándome una buena estancia en su ciudad, y al poner en el suelo la maleta dice: “No pierdas nunca tu simpatía”.

Salgo hacia el centro, pues aún me quedan unas horas hasta el tour por el centro que reservé. No encuentro ni una cafetería abierta. Me dirijo hasta el Paseo de los Tristes, y conforme subo la cuesta, sin nadie en la calle y con los sonidos del agua del río Darro y del trino de los pájaros de fondo, se va haciendo de día. Paso también por el Palacio de los Olvidados. Los tristes, los olvidados… Espero que el puente no se llame “de los Suicidas”.

Bajo otra vez hacia la avenida de los Reyes Católicos y, por fin, una cafetería abierta. Cafetería Lisboa. ¡Pero no tenían pasteles de nata! En fin, me pido un desayuno y consigo sentarme en una mesa —está atestado de extranjeros alojados en los hoteles de alrededor—. Vuelvo a darme otro paseo. Las tiendas no están abiertas aún y apenas hay transeúntes. Anhelaba el calor de un Zara, pero a esas horas solamente podía andar y andar sin ningún rumbo. Acaso lo de todos los días.

Y llegaron por fin las 10’00 h. Un chico y una chica, con sendas acreditaciones de la Junta de Andalucía, nos esperaban para identificarnos e iniciar el tour por la ciudad.

[continuará…]

Fugacidad

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Sátira del suicidio romántico (1839), Leonardo Alenza

He ido a mi estantería a consultar un libro y, al abrirlo, he leído en la primera hoja una dedicatoria. Había olvidado que estaba firmado, y menos aún recordaba que no era para mí. Fui yo la que le pedí al autor, un conocido cronista internacional, que se lo dedicara a D., pues solía decir que le encantaba. De esto hace, por estas fechas, un año, y no llegué a darle el ejemplar. Escribiendo estas líneas, con sensaciones muy distintas a las que experimenté cuando argüí el fallido plan, evoco la fugacidad de los sentimientos y concluyo que, al cabo, el olvido de alguien es posible, pese a que existan detalles que actúen como huellas intermitentes. El olvido de los sentimientos (parece un título para un libro de sonetos elegíacos).

El sábado por la mañana, mientras me dirigía al encuentro de X, anduve un tramo detrás de un par de muchachas de unos 16 años, que chillaban exacerbadas ante los whatsapps de, por lo que escuché, el exnovio de una. “Me ha puesto que nunca querrá a nadie como me ha querido a mí, tía”, decía una. Hubiera seguido escuchándolas un rato más, pero nuestros caminos se bifurcaron… El comentario del adolescente nos muestra un comportamiento típico de esa etapa vital, y de manera radical, lo que muchos hemos sentido alguna vez. A no ser que se trate de patologías, la mutabilidad de las emociones es una constante de los días, aunque en esos momentos críticos pensemos lo contrario. “en mi soledad he visto / cosas muy claras / que no son verdad”, expresó Antonio Machado.

Queridos amigos: nos vemos el lunes. Ya os contaré… Un fuerte abrazo.

Walker Evans

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Mi querido C. me envía este recuerdo del Centre Pompidou. Se trata de un cuaderno cuya cubierta tiene el sistema del marco de fotos, de manera que es posible insertar la postal que se desee. C. me lo ha regalado con una reproducción de una fotografía de Walker Evans, en la que retrató a un granjero de Alabama. Evans fue un fotógrafo que encontró la verdad de lo cotidiano, pues ahí es donde reside lo auténtico de cada uno. Este hombre, cuyo nombre desconocemos y que bien podría pasar por un actor de Hollywood de los años 50, nos mira triste, quizá defraudado e impotente por la América que le tocó vivir, la de la Gran Depresión. Pero ahí está con su uniforme de granjero, pensando que, al fin y al cabo, lo importante es seguir. Gracias a trabajadores como él, personas que no figuran en los manuales de Historia, los países salen adelante. La grandeza de Evans consistió en hacer visible lo inadvertido y en conferir a sus protagonistas la dignidad que se merecían.

Objetos

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La tónica de hoy ha girado en torno al encuentro casual de objetos. Por la mañana, un par de hojas finísimas se escondían entre las páginas de La ciudad automática, de Julio Camba. En ellas alguien vertió el texto de Camba “El hotel” al inglés. El papel amarillento ha absorbido algunos trazos de la tinta azul, pero la caligrafía no es enrevesada y se pueden leer con relativa claridad las palabras. Es bonita la imagen de un inglés traduciendo con esmero a Camba, sentado en uno de los pupitres escondidos de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás, y descubriendo asombrado y curioso las consideraciones que el periodista hizo de su cultura (hay un texto buenísimo llamado “La conversación”, de Aventuras de una peseta, en el que establece unas diferencias entre el arte de conversar inglés y el español). Ya de noche, de camino a la presentación del libro de un amigo, me he encontrado con esta caja. Había leído sobre esta iniciativa —me parece que también hay una versión que consiste en dejar un ejemplar en un banco— pero nunca había visto esto. ¿Vosotros lo usaríais?

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Alguien del público ha dicho que “Ángel González no se lee”. ¿? Todo lo contrario, le guste a uno más o menos. Las preguntas y comentarios de la concurrencia siempre son impredecibles. Al salir, me he dado un paseo por las calles aledañas a la Plaza del Ángel. La temperatura era muy agradable, pese a que cuando desbloqueaba el móvil Google me avisaba de que “se esperan lluvias para el jueves”. Mientras recorría la calle de la Cruz, en la que no para de transitar gente, especialmente turistas, he recordado un texto bellísimo de González Ruano titulado “Madrid de noche” (pertenece a su libro Madrid, entrevisto). En él habla de la intimidad de la noche de Madrid, cuando los vecinos desaparecen y se queda la ciudad sola. GR se sorprendería al ver la cantidad de personas que desde hace años transitan a las doce, a la una y a lo largo de toda la noche hasta la madrugada, sin parar.

Zumo de temporada

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Asiento n.º 19

He pasado la tarde en la Sala Barbieri de la Biblioteca Nacional. En el antiguo escritorio en el que he permanecido sentada, podía contemplar alrededor una pequeña colección de carteles típicamente madrileños, también algunos gramófonos. Ha habido un momento en el que he notado una presencia detrás, y me he dado la vuelta: un muchacho leía un ejemplar de Anagrama, colección Compactos, de cubierta anaranjada, apoyado en el borde de estantería. Creo haber visto las orejas de una liebre, de manera que diría que se encontraba enfrascado en la lectura de Viajes con Heródoto. Pero, ¿qué hacía en esa sala leyendo ese libro? ¿Por qué no se sentaba? Quizá no había ningún chico, y la imagen solo ha sido fruto del cansancio.

Al recoger, me he fijado en la pantalla de uno de los ordenadores disponibles para visualizar películas y he visto un subtítulo que decía “Yo quiero vivir 100 años”. ¡Qué tajante! ¿Seguro? ¿Independientemente de las condiciones en las que llegues? En fin, salgo de la sala y en el pasillo me encuentro con un post-it. Me encantaría que pusiera algo misterioso, pienso, aunque no sé si hoy tengo fuerzas para vivir una aventura. Lo cojo y leo: “Completar sign. a mano” Entiendo que sign. hace referencia a signatura y no a una práctica masónica.

Paso al M.F., sitio al que tengo especial cariño porque fue donde B. y M. me entregaron la invitación de su boda. En la mesa de al lado, una camarera toma nota a un grupo de señoras de por lo menos 75 años cada una, a las que ha saludado con un “hola, chicas”.

— ¿Zumo de naranja o de temporada?

— El de temporada. —dice la portavoz.

— Más atrevido 😉

Mientras me traen el café, se me ocurre un aforismo. “Ser feliz es no compartir imágenes con frases sobre ser feliz”, aunque quizá solo se trate de una obviedad.

Salgo hacia Génova pensando que, como a la actriz de esa película, a cualquiera le gustaría llegar a la centena con la aparente salud de esas señoras.

Las virutas de Miguel D’Ors

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Es un pleonasmo decir que Miguel D’Ors es uno de los mejores poetas en lengua española. Vive alejado de Internet y no se prodiga en fastos literarios; sin embargo, gracias a la lectura de estos volúmenes es posible experimentar la sensación de que estás charlando con él alrededor de unas tazas de té, y en conversaciones de esa índole, si damos con un buen interlocutor, los contenidos se amplían de acuerdo a una feliz laxitud. D’Ors denomina a sus reflexiones virutas*, término que me encanta por las imágenes que evoca: el carpintero que talla un trozo de madera para realizar quizás un refinado mueble, o esas virutas que descansan en el vino para enmaderar su sabor. En ambos casos, la esencia se corresponde con la lenta y delicada elaboración de algo útil.  Estos abanicos de pensamientos son, al cabo, una actitud ante la vida, acaso una ética.

*(Cabe recordar que su su célebre abuelo Eugenio D’Ors llamó a sus artículos de prensa paliques, de manera que la costumbre de otorgar de personalidad propia a sus creaciones nominalmente parece venirle de familia).

D’Ors nos alerta, siguiendo la estela de Ramón y Cajal con sus Aforismos y charlas de café, y de Antonio Machado con Juan de Mairena, entre otros, sobre males de la sociedad. “Siempre he pensado que en la raíz de todos los nacionalismos hay, indefectiblemente, dos cosas: mitología y victimismo. Quizá habría que añadir una tercera: ignorancia” (Más virutas, p. 45). Desde luego, mitología, victimismo e ignorancia podrían considerarse los tres pilares de la sociedad actual, y no se circunscriben a los nacionalismos (hay que señalar que esa cita corresponde a las virutas escritas entre 2004 y 2009… y continúa, lamentablemente, vigente, a juzgar por cómo se ha desarrollado el conflicto catalán).

Al lector de poesía de D’Ors le encantará conocer las fases que atravesaron algunos poemas y las consideraciones sobre ellos del propio autor. Mención especial merece el caso de “Elogio de los oficios”, versión de un fragmento del Eclesiástico perteneciente a Sol de noviembre. MD explica por qué no anotó la fecha en la que lo escribió (pp. 71-72), y que justifica que se suela aludir a su cualidad de artesano. Pero las sorpresas no terminan aquí: ocurre que en el primer volumen adornan los textos las imágenes de grabados hechos por el propio Miguel D’Ors.

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La heterogeneidad en el tono es sin duda uno de los tantos atractivos principales de las virutas. MD pasa de la exégesis bíblica seria y trascendental a ironizar sobre asuntos corrientes. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro, hasta el punto de tener que dejar de leer porque las carcajadas eran notables. La recopilación de anécdotas de clase –ha sido durante muchos años profesor en la Universidad de Granada- es desternillante (por ejemplo, una alumna le preguntó por qué hay tantos poetas que se suicidan, a lo que MD contestó ingeniosamente que por qué hay tantos suicidas que son poetas; otra realizó un comentario de texto en el que equiparaba la piratería con una modalidad del turismo por aquello de surcar los mares, etc. ). Hay un pasaje graciosísimo en el que habla de la onomástica y de cómo en los últimos años se han dejado atrás nombres propios del santoral para dar paso a otros, como Libertad y Constitución. Y, como dice MD, luego suena raro emplear el don/doña. Estimada Constitución, me pongo en contacto con usted en relación a…

Hay también una serie de apuntes sobre temas filológicos. MD comenta interpretaciones de Russell P. Sebold, Rosa Navarro Durán y otros, y en los dos volúmenes reseña poemas o fragmentos de libros de la literatura española clásica y de poesía contemporánea (p.e. Exotismo y costumbrismo son nociones relativas y antitéticas. Mi exotismo es el costumbrismo de los japoneses, y viceversa: El Jarama o Tormenta de verano, ya no digo Pepita Jiménez, deben de ser lecturas deslumbrantes de colorido exótico para un habitante de Tokyo [I, p. 38]). La reflexión sobre el alma gallega a propósito poema “Adiós ríos, adios fontes…” de Rosalía de Castro (II, pp. 156-157) y la consideración sobre el éxito Quijote que me parecen dos de las virutas más extraordinarias. (I, pp. 110-111). Mención especial merece la nota sobre la canónica antología Rompiendo lo invisible. Cinco siglos de literatura pelirroja española (1500-2000), editado por el sello La Flor de la Zanahoria, cuyo fin es reivindicar la minoría pelirroja en la literatura.

Las virutas,  publicadas por la editorial sevillana Los Papeles del Sitio son, en definitiva, una seria y divertida recopilación, un feliz billete de ida al mundo de Miguel D’Ors, que es muy grato recorrer.