Deslumbramiento sin sol

Philip Larkin Sofía González
Traducción y prólogo de Damián Alou

Hay libros que uno necesita tener a mano. Títulos, llamados “de cabecera”, en cuyas cubiertas difícilmente se llega a acumular el polvo. Para mí, uno de ellos es Las bodas de Pentecostés (1964), de Philip Larkin. Mi ejemplar es de segunda mano; su anterior dueño me escribió un poema improvisado escrito en una hoja de calendario que metió entre sus páginas y que aún conservo. Ha pasado tanto tiempo que no recuerdo a qué apellidos corresponden las iniciales con las que lo firmó. Desconozco qué habrá sido de aquella persona, cuya perspicacia materializada en el arte de la lírica me provocó cierta estupefacción –aunque quizá incluyó el texto en el precio, como esas rebajas que te hacen en algunas tiendas y que uno suele agradecer falsamente, suponiendo que cuentan de antemano con ese margen y que es una argucia más de la alquimia del marketing–.

La poesía de Philip Larkin habla de fenómenos corrientes y de los sentimientos que se experimentan en los días laborales. Larkin nos enseña que el desengaño es parte de la vida, y que su alumbramiento no tiene lugar únicamente en momentos trascendentales, sino que es una desembocadura más del discurrir de los hechos cotidianos, del final de los días, pues los días son donde vivimos. Comparte su visión acerca de las mudanzas (a lo largo de su vida, trabajó en bibliotecas de varias ciudades) y del sentimiento de pertenencia a una región, el anonimato de la vida en la ciudad, los desplazamientos en tren, la indiferencia hacia los niños, la inseguridad ante la percepción de la realidad y algunos destellos de amor en algunos poemas, por supuesto con pronta fecha de caducidad. Me encanta el poema “Hablar en la cama”, reflejo de una escena de la vida conyugal, de la que él tanto receló:

Hablar en la cama debería ser tan fácil

después de tanto tiempo durmiendo juntos,

emblema de dos personas viviendo con honestidad.

Pero cada vez pasamos más tiempo en silencio.

Fuera, la incompleta desazón del viento

reúne y dispersa nubes por el cielo,

Y oscuras poblaciones se apiñan en el horizonte.

A todo eso le somos indiferentes. Nada explica por qué,

a esta singular distancia de la soledad,

Cada vez es más difícil encontrar

palabras que sean sinceras y agradables,

o no insinceras y desagradables.

 

Y al final del poema “Ambulancia” me parece magnífico: “difumina en la distancia todo lo que somos”. Me recuerda a las mujeres de los pueblos, que cuando oyen pasar una ambulancia se alteran y corren a asomarse a la ventana, asustadas y curiosas por saber a quién ha venido a recoger.

Pese a todo lo anterior, Las bodas de Pentecostés se cierra con un espíritu optimista:

que nuestro casi instinto es casi cierto:

lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Pero cabe preguntarse qué amor.

*deslumbramiento sin sol pertenece a su poema “Primera visión”.

La vida frente a tus ojos

“Las hilanderas o la fábula de Aracne” (1655-1660), Diego Velázquez

En una noche de tossing and turning, como dicen los ingleses, a causa de unos ruidosos vecinos, le da tiempo a uno de pensar en muchas cosas. Se dice o se decía que, antes de morir, se ve “la vida pasar frente a tus ojos”. Comencé pues a intentar imaginar, en un ejercicio de autoficción insomne, escenas de lo que hubiera podido suceder si los síes hubieran sido noes, y viceversa. Siempre me ha llamado la atención que, en el sistema educativo español, a los 16 años, edad en la que poco sabe uno de nada (digo 16 años porque hasta esa cifra la educación es obligatoria, y a partir de ahí se puede escoger si seguir estudiando o no, y en caso afirmativo hay que enfrentarse a un notable abanico de modalidades), haya que decidir el preámbulo de una profesión futura. ¿Y si hubiera escogido el bachillerato de Tecnología? La arquitectura, desde pequeña, me ha fascinado, pero no se me daban bien las ciencias, y con buena nota en la asignatura de dibujo técnico no era suficiente. Estudiar en una determinada universidad y no en la otra; relacionarse desde el primer día con unos compañeros y no con otros; rechazar una cita con aquel desconocido; escoger un tema concreto para una beca, etc. De manera que, a las cuatro de la mañana aproximadamente, andaba una desvelada pensando en las tantas decisiones, pero también en los azares y caprichos; en definitiva, en los tantos afluentes que se van colocando a nuestras espaldas y van nutriendo el río de la vida.

 

Presentación

Llevaba rondándome algún tiempo la idea de abrir un blog personal, quizá el mismo que el empleado en la escritura de mi diario. La fisonomía de una bitácora permite establecer una comunicación con el lector —si alguien viene a parar a estas líneas, claro—, algo así como el eco que se obtiene en una cueva; la sensación, por un momento, de que hay alguien al otro lado imposible de ver y mucho menos de tocar, pero al menos la falsa y efímera ilusión de sentirse acompañado. Agradezco a mi amigo Mario Viciosa, excelente periodista de El Independiente (os recomiendo seguir sus artículos sobre ciencia), que me alentara a dar el paso, que me prestara sus consejos sobre el oceánico mundo de la Red y, sobre todo, que supiera señalar la luz en una tarde invernal en la que me encontraba estancada en ciertas tinieblas. También, a Manuel Cañedo Gago, a Carlos Cortés y a José Luis Morante, por animarme siempre.

No hay una orientación calculada de antemano. Me gusta la idea del cuaderno de todo, que decía Carmen Martín Gaite en El cuento de nunca acabar (1983). Su hija Marta le pidió un duro para hacerle un regalo: compró en la papelería de enfrente de su casa un cuaderno en el que debajo del nombre de su madre anotó “Cuaderno de todo”.

“en este, se me invitaba y daba permiso a meterlo todo desordenado y revuelto, sin más contemplaciones ni derecho de primacía, según fuera viniendo, como en esos cajones de los cuartos de jugar que no presentan más tope para seguir admitiendo objetos que la circunstancia de estar ya llenos” (pp. 45-46)

No publicaré posts todos los días, pero sí procuraré perseverar en una regularidad. Serán unas anotaciones de carácter ocasional, acaso esporádicas. Seguramente levante acta de libros, películas y exposiciones que estime interesantes, aporte mi opinión sobre algunos temas y, en fin, traiga algunos apuntes, desde una consideración de la bitácora como el papel en el que el pintor dibuja sus bocetos.

Bienvenidos y felices fiestas.